domingo cristiano

Fermín

Se ha muerto Fermín, un cura al que quería la gente. El paso incesante de personas ante su féretro, la emoción sincera, los 141 sacerdotes que se reunieron para despedirle. Y el aplauso, sobre todo el aplauso con el que la gente acarició sus restos, entrañables despojos de lo que un día fue. No he oído muchos aplausos como ése

Se ha muerto Fermín, un cura al que quería la gente. El paso incesante de personas ante su féretro, la emoción sincera, los 141 sacerdotes que se reunieron para despedirle. Y el aplauso, sobre todo el aplauso con el que la gente acarició sus restos, entrañables despojos de lo que un día fue. No he oído muchos aplausos como ése.

A Fermín lo quería la gente. Y no sólo el día de su entierro, cuando todos nos convertimos en “excelentes personas que dejarán una huella imborrable”. A él lo quisieron cada día. Y lo quisieron muchos. Desde luego, muchos más que los que la mañana de su despedida ejercían de viudas inconsolables, ellos y ellas. Es curioso: en todos los entierros siempre hay quien quiere robarle el protagonismo al muerto.

A Fermín lo quisieron muchos. Y lo quisieron de verdad. Con todo lo que era y todo lo que le faltaba. Sus noches oscuras, que no fueron pocas y empezaron demasiado pronto, ese puzle sin piezas con el que tuvo que componer el mosaico de sus primeros días y de los que vinieron después; ésos mismos que le edificaron frágil, a pesar de su envergadura. Fermín, un cura al que quería la gente, luchó contra las ausencias cuando lo que toca es disfrutar de las presencias más entrañables.

Y por eso eligió ser un niño grande. O lo eligió la vida, a veces tan feroz cuando escoge a quien hincar el diente. De ahí, su amiga la melancolía y esa forma tan ruidosa de exorcizar la tristeza a base de buen humor. Casi siempre bueno y no siempre verdadero.

Todo esto que escribo no es un homenaje. No me gustan esos halagos post mortem porque, visto lo visto, casi siempre soy un colosal ejercicio de cinismo o de hipocresía. O de las dos cosas.

Este artículo es una reflexión. Hay que ser muy torpe para no reflexionar si se escuchó el aplauso con el que la gente despidió a Fermín, a quien querían de una forma entrañable, más allá de toda lógica. No me vale para explicarlo aquello de que su espontaneidad y su déjame entrar son el secreto. Eso dirán los que nunca terminaron de confiar en su ministerio. Hay mucho más, mucho más hondo: Fermín no era muy inteligente, ni diplomático, pero sabía querer. Sabía a quién había que querer más y en qué momento. Yo creo que ésa es la lección para quien quiera aprender.

Es más fácil invocar un tratado sobre el sacerdocio y conseguir que el corsé de la Teología Aplicada ponga cada cosa en su lugar. Pero ningún libro podrá explicar al detalle por qué Fermín era un cura al que quería la gente. Para eso habría que rastrear en su pasión, tantas veces ausente en los libros y tan presente en la vida de los sacerdotes a los que la gente quiere. Ésos que han privilegiado la misericordia antes de que el Papa la pusiera de moda. Ésos que desde siempre han abrazado y luego han hecho las preguntas.

Todo un misterio el de este hermano nuestro. Tan azotado por la vida y tan amado. Tan amado y tan amante. Tan encaprichado en responder al mal con el bien, en acoger y en levantar los ojos de los demás hacia la Virgen, que es un pasillo que termina en Dios.

@karmelojph

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