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Serenata lagunera

Tiene Braulio una expresión, en una de sus canciones, que a mí me encanta: habla de serenatear la Luna lagunera

Tiene Braulio una expresión, en una de sus canciones, que a mí me encanta: habla de serenatear la Luna lagunera. El viernes noche en La Laguna no había Luna. Pero después de saborear el arte de Nivaria, en El Obispado, nos fuimos unos amigos de paseo por la noche lagunera, animada como siempre, hasta recalar en el bar estrecho, incómodo y entrañable que Alfonso Juan López Torres, farmacéutico y pariente de mi admirado (como docente y civilista) don Blas Pérez González, tiene en los aledaños de la Concepción. Lamento no dominar el callejero. El ambiente olía a chamusquina porque se acababa de dar candela un inmueble, junto al antiguo Artillería, el bar donde libó en exceso media humanidad en mi época. En el bar de Alfonso Juan hay guitarras y mujeres guapas y, de vez en vez, va la tuna, lo que provoca la huida de un amigo mío que cree a pie juntillas que la tuna trae mala suerte. Cuando coge la guitarra Toto Arimany, la gente se calla para escucharlo, pero como entraba y salía tanta, Toto tocó y cantó para la elite. Luego vino un vocalista, que parecía salido de la Nick and Randy de mi querido Nicasio Ramos. La Laguna es una caja de sorpresas y una ciudad en donde se encuentran todas las ginebras con tónica del mundo. Pero tuve mala suerte: me entraron tremendas cagaleras y acabé bebiendo agua con gas. Encontré una banqueta dura, que me cortó la hemorragia culera, y seguí cantando, como si tal cosa. Tengo un fin de semana complicado: almuerzo familiar y cena con el cónsul de España en Cancún, Javier Marañón, que vino un par de días. No me olvidaré de esta serenata lagunera, en la que volvimos a aprender a querer al Che. Tampoco estamos antiguos, ni nada.

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