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Aquel día, en el Sur

Estábamos tomando una copa en la piscina del hotel Sir Anthony, en Playa de las Américas, en el que nos alojábamos

Estábamos tomando una copa en la piscina del hotel Sir Anthony, en Playa de las Américas, en el que nos alojábamos. Unos amigos llevaban a su nieta, Martita, que comía tranquilamente un trozo de pan, junto a nosotros. De repente, se atragantó y se quedó sin poder respirar. La niña tendría cuatro o cinco años, no recuerdo bien. El asunto se complicó y a pesar de sus esfuerzos, y los de sus abuelos -tampoco me acuerdo si los padres estaban presentes-, la niña no reaccionaba. Yo había visto en algún documental el procedimiento a seguir en estos casos, la llamada “maniobra de Heimlich”, que es una compresión abdominal que libera el conducto respiratorio y hace expulsar el alimento atorado en él. Cogí a la niña, consciente de que podía salvarle la vida si me salía bien, apreté fuertemente debajo del esternón, abrazándola por detrás, y de su boca salió un considerable trozo de pan.

Respiró inmediatamente y lloró con fuerza. Hoy Marta debe estar por los veinte, quizá un poco menos, y es una belleza. No sé si su abuela -su abuelo, mi amigo, ya murió, yo lo recuerdo mucho- le habrá contado lo que ocurrió aquel día, en el bar del hotel. En todo caso, fue una alegría, cuando todo pasó, tras los terribles momentos de apuro que sufrimos todos nosotros. Qué importantes son los primeros auxilios en estos casos. Un médico amigo me contó cómo salvó la vida de un paciente, en un restaurante, practicándole una traqueotomía de urgencia y metiéndole un bolígrafo, despojado de su carga de tinta, claro, para que pudiera respirar. Ya se ocuparán en el hospital de la infección, pero la carcasa del boli le ayudó a vivir.

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