domingo cristiano

El chico rubio de la foto

Hoy escribo un artículo apresurado. A veces me ocurre: me paso la semana dándole vueltas a algo que ha sucedido, lo deconstruyo sin querer o queriendo...

Hoy escribo un artículo apresurado. A veces me ocurre: me paso la semana dándole vueltas a algo que ha sucedido, lo deconstruyo sin querer o queriendo… luego esos acontecimientos adquieren vida propia y me cuentan sus secretos. Al final, sólo me siento bien cuando despacho todas esas ideas en forma de párrafos.

Esta semana me ha impactado la muerte de alguien a quien creía no conocer. Se trata de un joven criado en Los Realejos, mi pueblo. Me decían todos que sí, que yo sabía quién era, que compartimos calles en la adolescencia y la juventud. En internet di con su perfil, con pocos pero muy expresivos vídeos y fotos.

Sí. Sé quién era. Pero apenas logro reconocerle tras lo que adivino que es una pátina de dolores viejos y nuevos y de sufrimientos que el tiempo ha ido tejiendo en su cara. No es él, aunque lo sea.

Es terrible cómo el dolor y la tristeza pueden desmenuzar a un ser humano, cómo deforman los adentros de una persona. Haciendo un esfuerzo, recuerdo el rostro sereno de aquel adolescente ahora muerto, del artista “lleno de luz y de sombras, de grandes momentos de creatividad y de otros de horror”, como me dijo luego un amigo que llora su silla vacía.No es el paso del tiempo lo que lo ha cambiado: el tiempo no sabe desencajar tanto a una persona. No es el tiempo, es el dolor y la tristeza.

Imagino que son los sueños rotos, las alegrías con fecha de caducidad, la indolencia de algunos que están cerca, el arte y la creatividad –que los que son torpes tan a menudo confunden con la locura-. Imagino, porque nada sé de aquel niño ahora muerto, que han sido las decepciones y las traiciones, que desagarran la piel hasta dejar al aire la sensibilidad y los sentimientos. Y así, sin protección, uno se adentra en callejones que son aventuras sin salida, laberintos que acaban en abismos.

Me ha conmovido la partida de alguien que conocí lleno de vida y a quien sus amigos han despedido tan muerto. Tanto tanto que el adiós pareciera una liberación, un merecido descanso después de tan largo y penoso peregrinar.

No sé nada del chico de la foto de internet. Nada importante, quiero decir. Y no he querido preguntar, porque sé con qué me voy a encontrar. Me he acordado de su madre, a quien recuerdo alta, elegante, sobria. Y entonces, al calor del evangelio de hoy, he pensado en Abrahán ofreciendo en sacrificio a Isaac, su hijo. Ya sabemos que aquella historia acabó bien, los dos bajando juntos la montaña. El hijo, con la sensación de haber participado en un juego raro. El padre… El padre ya distinto para siempre tras haber mirado a los ojos a la muerte que quiere arrancarle al niño de sus desvelos.

Creo que la Iglesia y los creyentes debiéramos ser como la mano amiga que paró en aquel entonces el brazo que sostenía el cuchillo apuntando a Isaac. Una mano amiga es, posiblemente, la mejor medicina contra la tristeza y el dolor que machacan a los hombres hasta desfigurarlos. Duerme al fin en paz, muchacho rubio de la foto de internet.

@karmelojph

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