Le ha pedido mi cuñada Olguita que escriba en memoria del doctor sabio Juan Urdiales, fallecido hace poco tiempo. Urdiales escribía las historias médicas de sus pacientes de puño y letra, exhaustivas y con letra de médico, que siempre fue una mala letra que sólo entendían ellos y los farmacéuticos. Juan era una autoridad en cardiología, pero no se supo diagnosticar a sí mismo: falleció de un infarto. Suele ocurrir: los médicos se vuelcan con sus pacientes más que con ellos mismos. El doctor Urdiales fue un ejemplo de profesionalidad y de amor a su trabajo; es decir, un médico vocacional. Yo todavía tomo las medicinas que él me recetó hace más de una década; “no abuses, no seas exagerado, por tomarte dos pastillas no te van a hacer más efecto que una”, me decía. Te recetaba con una sonrisa pícara, autosuficiente: sencillamente, sabía lo que te pasaba, sabía lo que tenías y lo que te estabas inventando. Su consulta me parece que estaba en la calle de la Rosa, pero también iba a Güímar una vez por semana, a darle un repaso a los magos.
Me entristeció mucho su muerte, aunque me dicen que se encontraba un poco cansado en los últimos meses. Con Juan Urdiales desaparece uno de los grandes cardiólogos de estas islas, tan lleno de humanidad, de sentido común y de ciencia. Nada más sentarte ante él te sentías aliviado, sentías que estabas ante una autoridad. Auctoritas es una palabra de traducción complicada porque significa, más que autoridad, prestigio, reconocimiento a la sabiduría del que la ostenta. Urdiales tenía auctoritas. Cumplo con el encargo de Olguita, que hago mío, en el recuerdo de un gran médico que se nos fue hace meses. Descanse en paz.
