Mi padre era alcalde accidental del Puerto de la Cruz por entonces. Y yo un joven de 20 años que acababa de empezar a trabajar como meritorio en La Tarde. Había que coronar a una reina de la belleza y los organizadores del evento -horrible palabra admitida hoy por la Real Academia- cayeron en la cuenta, pasadas las once de la noche, de que no había banda que imponerle a la elegida.
“Papá, yo tengo la solución”, le dije a mi padre, que sufría el percance en la primera fila, creo que con mi madre sentada al lado. “¿Qué vas a hacer?”; “déjamelo a mí”. Cogí a un guardia y le dije -privilegio del hijo del alcalde- que me llevara en un patrulla a la casa de Tomás Carrillo, paz descanse, funerario local, que dormía a pierna suelta pero que, por razones obvias, estaba acostumbrado a que lo despertaran de noche, a cada rato, cada vez que se moría alguien. Lo saqué de la cama y le imploré: “Coge una banda de esas moradas que adornan las coronas de los muertos y pones Miss Turismo en letras doradas”. Tomás lo hizo y yo salí pitando con el guardia, la banda y la sirena puesta hasta el Parque de San Francisco, por cuya puerta entré, como una exhalación, justo en el momento en que Tomasito el Negro, famoso electricista local, había puesto en la megafonía la marcha con la que mi padre debía desfilar con la reina. Cuando me vio, a mi padre no le faltaba sino llorar; agarró la banda fúnebre de Tomás Carrillo, con letras doradas, y la colocó sobre el pecho de la bella Miss Turismo, que sonreía, ignorante de la procedencia de la prenda que glosaba sus indudables méritos. Posteriormente, el señor alcalde me recompensó generosamente, con su propio dinero, claro. Mi padre era honrado.
