Hacienda no descansa en agosto. Y ha llenado el paisaje de cartas negras reclamando esto y aquello. Antañazo, la Agencia Tributaria hacía una pausa en agosto, como los juzgados, pero ya no. Es tal la avidez recaudatoria del tal Montoro que agosto, un mes llamado a ser divertido, se ha convertido en otro calvario, agrandado por el abominable calor. Correos no funciona sino para la Agencia Tributaria, que es su peor cliente, porque no paga sino que manda las cartas negras sin franquear. El cartero era antiguamente portador de alegrías, tantas veces; ahora no trae ninguna. El cartero, que nunca llamaba dos veces, se ha vuelto mensajero de cartas negras y toca el timbre cuantas veces sea menester hasta que el destinatario recoge la terrible misiva y firma en un aparato. Los carteros se han vuelto notarios, sin necesidad de oposición: su maquinita es ley, su Vespa amarilla parece un coche fúnebre.
Con el ferragosto, lo más que teme uno es el ruido del ciclomotor del cartero, cuando enfila la calle. En aquellos tiempos, los carteros te traían buenas noticias y, por Noel, te entregaban una estampilla de colores que decía: “El cartero le desea Feliz Navidad”; y entonces tú le soltabas el aguinaldo, de buen grado. Ahora, ni eso. ¿Cómo le vas a ofrecer una propina a quien sólo transporta cartas negras, como tu propia suerte? Montoro ha acabado con la alegría de este país y lo ha sembrado de negro, como el semblante de los del PP y de Pedro Sánchez, que se ha contagiado de su propio “no”. Las cartas negras son, pues, para el verano, como las bicicletas aquellas. No somos nadie, somos sólo víctimas de la Agencia Tributaria.
