domingo cristiano

Melatonina, no

Lo que comienza y acaba y luego vuelve a arrancar para dirigirse nuevamente a su final funciona como una especie de melatonina que influye en nuestro ritmo de vida social y apostólica.

Lo que comienza y acaba y luego vuelve a arrancar para dirigirse nuevamente a su final funciona como una especie de melatonina que influye en nuestro ritmo de vida social y apostólica. Esa hormona que nace en un cavernario lugar de nuestro cerebro profundo está relacionada, entre muchas otras cosas, con los ciclos de vigilia y sueño. Eso mismo veo yo que pasa con el curso pastoral, en cuyo inicio estamos sumergidos después de haberle puesto un punto y seguido allá por junio.

Acaba el verano y comienza el curso. Se desarrolla el curso y vuelve el estío. Y así, los inicios y finales de las cosas, como sucede con la melatonina que segrega la epífisis, nos ponen en alerta o bajan nuestra tensión vital.

Lo que ocurre con la fe, sin embargo, es que el nivel de atención y experiencia no puede depender de que se abran las aulas o se les eche el cerrojo. “Estamos construyendo una Iglesia en salida”, ha dicho el obispo Bernardo. Y eso significa que los creyentes de nuestras islas estamos entre andamios, reflexionando sobre nuestras carencias y nuestras grandezas con el fin de seguir estando en las calles para anunciar a Jesucristo. Y cuando uno está inquieto, no hay melatonina que le haga descansar.

En lo que nos hemos embarcado no es un simple lavado de cara superficial, ni una medida desesperada por la pérdida de católicos practicantes. Qué va. Es mucho más profundo. Animada por el Papa, la Diócesis de Tenerife abre de par en par puertas y ventanas para que todo lo verdaderamente humano le sirva de interrogante y provocación, y todo lo genuinamente cristiano alegre la vida al mundo.
Es una tarea apasionante que exige pasión, un signo de la fuerza y la vitalidad que Dios nos inyecta en vena. Este curso, el lema elegido para animar este trabajo es “Involucrarse”. Es algo parecido a una invitación a complicarse la vida por el Evangelio. La vocación de un cristiano es tener la vida complicada: ocupada por los rostros y las vivencias de quienes más necesitan apoyo, hipotecada a favor de los más pobres, adornada con los rasguños que surgen del amar mucho y hacerlo sin calcular.

“Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío”, dice Jesús y se escucha hoy en todos los templos, al inicio de este importante tiempo para la Diócesis. No es una amenaza ni una promoción del masoquismo, ése que pone los dientes largos a quienes viven su fe eternamente de luto. Se trata, en realidad, de una premonición que se cumple siempre: tomarse la vida en serio y ser realmente feliz implica ser consciente de los propios límites, no disfrazarlos, dialogar con ellos, echárselos al hombro y caminar. De eso va la madurez en la fe, de salir al camino y no echar la vista atrás.
Arrancamos. La Iglesia, en marcha. Y no hay melatonina que nos haga parar.
@karmelojph

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