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Un ataque de humedad

Carlitos limpiaba veinte coches al día, a cinco duros cada uno. Llegó a amasar una fortuna e incluso se compró un chalé en un barrio cercano al aeropuerto de San Pablo, en Sevilla.

Carlitos limpiaba veinte coches al día, a cinco duros cada uno. Llegó a amasar una fortuna e incluso se compró un chalé en un barrio cercano al aeropuerto de San Pablo, en Sevilla. Ganaba más que un ejecutivo de la Seat y, además, no declaraba a Hacienda, aunque en los tiempos de Franco, con aquellos impuestos sobre el alcohol, la gasolina y los licores casi nadie pagaba nada más. No había IVA, sino el viejo ITE, al que nadie hacía caso porque estaba destinado a las empresas; y el impuesto de rodaje. Este sí que era sagrado y no como ahora, que sólo lo pagas cuando vas a vender el coche, porque te lo pide Tráfico.

Carlitos, cuando llegaba el coche número 20, ya tarde, dejaba la manguera y la esponja amarilla con el jabón Lagarto. Y se iba a casa, caminando pesadamente con sus botas de agua. Un día enfermó gravemente, lo trasladaron al hospital Virgen del Rocío, cerca de Heliópolis, y se murió en un plis plas. No dejó atrás a nadie, ni había hecho testamento. Unos okupas se metieron en su chalé y supongo que aún seguirán allí, cuarenta y pico años después, disfrutando de los ahorros que Carlitos guardaba en una lata grande de galletas inglesas. Tras el entierro, al que no asistieron sino un amigo y una funcionaria de la Beneficencia, este colega se acercó hasta el hospital para interesarse por el motivo de su muerte. El médico de guardia consultó la ficha y le dijo: “Su amigo murió de un ataque de humedad”. Extrañado, el amigo de Carlitos quiso que el galeno le explicara cómo se puede morir uno de humedad, pero el doctor no supo sino decir: “Bueno, lo ha puesto aquí mi colega, yo…”. Lavar 20 coches al día había acabado tempranamente con la vida de Carlitos. Nada, un ataque de humedad.

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