Divorciarse del móvil

Hay quienes están planteando divorciarse, sí o sí, del móvil, antes de que éste les extirpe su decisión ante lo real, ante la vida misma

Leer hace unos días un reportaje titulado “Desconectados: la nueva tribu urbana que abandona internet para abrazar la vida real”, coincidió –cada vez me convenzo más de la no casualidad- con que un alumno de 1º de Bachillerato en clase decidió compartir el tema “Internet es real”, para el día de debate que dedicamos dentro de nuestra programación. Este alumno plantea lo metafísico incluso de internet y sobre ello nos va a lanzar el lunes una, seguro, buena reflexión al resto del aula. Todos, yo el primero, estoy expectante ante las aportaciones que este joven bachiller nos va a hacer, sobre todo cuando he releído esa seria investigación de El Mundo que se plantea lo real e irreal, y cómo internet –especialmente nuestro móvil- nos aleja de lo real, o por lo menos lo vivido entre el común de los humanos, que a la sazón aparenta ser real.

Hay quienes están planteando divorciarse, sí o sí, del móvil, antes de que éste les extirpe su decisión ante lo real, ante la vida misma. “Maldito artilugio”, probablemente lo denominaría hoy un Cervantes, y al contrario un Quevedo diría de él que es una vía de conexión, como también surge el mismo lance hoy entre cualquier intelectual a favor o en contra, o la misma antítesis que puede aparecer entre un usuario u otro: ¿es necesario permitir que este celular, como lo denominarían en nuestra hermana tierra latina, se convierta en otro dedo de nuestra mano? Ante este interrogante, surge otro, para muchos el teléfono móvil se ha convertido en el amigo con el que no hablan, pero al que sí le escriben. Se ha transformado en metafísica pura, probablemente Aristóteles lo asumiría como parte de su teoría en torno a la realidad: “Lo que engendra al individuo concreto es la unión de materia y forma, las cuales no pueden existir de manera independiente. Solo existe el compuesto de ambas”. Volveríamos a aquello de existe un hombre a una nariz pegada, aquí y ahora, en el XXI, “habita en el nuevo mundo un ser anexionado a un artefacto parlante”.

Miro a mi alrededor y, a veces, pienso “cogito ergo sum” –perdóname Descartes-, que a más de uno o una no le importaría olvidar al niño en casa, pero el móvil siempre va conmigo, esa sería la frase del día para ellos. Sí, siete y media de la mañana, me dirijo a mi Colegio Virgen del Mar, y en un paso de peatón de La Laguna, dos mamás se acompañan, tecleando cada una su móvil, detrás dos pequeños solos cruzando el paso de peatones. O, sentado en una mesa del Casino de La Laguna, observo el bello jardín, angosto pero solemne, y en él un casi bebé juega a comerse las hojas de los arbustos, mientras su mamá, a la par que en la situación anterior, escribe vía Whatsapp a Dios sabe quién. Nos abstrae el móvil de la vida real, creo que es un hecho evidente. Miles de situaciones como estas se podrían traer a este comentario, pero cansaríamos al lector, llevándole a la vida real, perdón por reiterar, pero esto es real.

Volvemos al origen, cabe entonces divorciarnos del móvil para regresar a la vida real y dejar de ver molinos de viento en las redes, parodiando la imagen de Cervantes en su Quijote, o quizás como diría nuestro gran Rafael Arozarena, convirtamos las aparentes reales cerezas en una hermosa lluvia roja, depende del lado del espejo del que miremos, siguiendo a Valle Inclán, encontraremos nuestra realidad, hasta detrás de un móvil o cualquier “chisme”, que nos lleve más allá de la Wifi.

Cuando le cuentas a cualquier joven de este Siglo XXI que en las postrimerías del pasado XX, cuando llamabas, tenías que hacerlo en pago, es decir, no existían ni tarifas planas, ni nada igual, y que si no estabas en casa, con suerte, de tener un contestador grabadora, quien te llamaba podía dejarte un mensaje, porque en el fondo éramos más libres. No te lo cree. Les parece irreal, puesto que ellos viven, con fortuna mayor o menor, en la era de lo digital, en la dos punto no sé cuántos ceros. Son habitantes del orbe cíber. Es imposible pretender que esta generación se aleje de una herramienta que les hace a ellos todavía más real, si cabe, un mundo al que cuesta tanto creer y que tanto debe, aprovecho el momento de publicidad, a nuestros clásicos, a nuestros griegos y romanos, quienes en el fondo ya habían inventado, por lo menos en terminología, todo lo digital que estamos disfrutando ahora.

No sé si será necesario que nos divorciemos del teléfono móvil, siquiera no creo que sea tampoco relevante el pensar si debemos meter en el cajón de nuestro escritorio bajo llave todas las claves de las distintas redes sociales en las que nos hemos metido. A lo que yo sí me apunto es a difundir entre mis cercanos que todo aquello contado en la red de redes, en la internet, no va a Misa, es decir, no debe ser considerado parte de la última realidad y definitiva. Quizás, ha llegado el momento de comparar nuestro móvil y lo que en el espacio cibernético está con lo entendido por Platón en “El mito de la caverna”.

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