En la carretera

La generación de aprender a aprender

Hoy educar desde su cuerpo es lo habitual en nuestros jóvenes, conocer lo apropiado e inapropiado para el buen hábito diario y cómo ese sabio caminar, del día a día, nos produce beneficios, o al contrario, equivocándonos, nos ocasiona problemas

Hoy educar desde su cuerpo es lo habitual en nuestros jóvenes, conocer lo apropiado e inapropiado para el buen hábito diario y cómo ese sabio caminar, del día a día, nos produce beneficios, o al contrario, equivocándonos, nos ocasiona problemas. Sí, en esos jóvenes a los que más de uno se empeña en calificar como generación con pocos, o nulos, gustos culturales y ausencia de conocimientos, y metiendo a todos, cuenten con buenas destrezas o no, en los supernumerarios informes PISA –por cierto en los que España no ocupa ni medalla de oro ni plata, ni siquiera bronce-, pero nuestros jóvenes, un enorme porcentaje de ellos, se los aseguro, lo observo todos los días, cuenta con una herramienta, la más importante, aprender a aprender.

Pues, nuevamente, si lo que yo afirmo es cierto –humildemente puedo estar en un enorme equívoco-, más de uno nos equivocamos. Llevo unos días, viendo a nuestros hijos preocupados –con nueve y once años- por investigar cómo funciona su cuerpo, lo que beneficia y perjudica. Lógicamente, impulsados y guiados por sus profesores, pero también acompañados por sus padres, mi mujer, mi compañera de viaje, y quien suscribe. Sí, guiados, pero con un ansia de saber y descubrir, que, perdonen, en nuestra generación a su edad no era tan habitual, por no decir muchas veces nula. Nosotros fuimos, y no nos fue mal, pero así fue, fuimos hijos de la generación de los “magister dixit”. Ahí, ya hay algo bueno que escribir, nuevamente, sobre esta generación que sale adelante y que sí tiene ganas de aprender, y de hacerlo muchas veces explicando al de al lado lo que está descubriendo, llenándolo de su nuevo saber.

También, lo veía en unos alumnos de 4º de ESO, de mi centro, el Colegio Virgen del Mar, lanzados ellos a dar una charla en cada clase informando del problema que existe con el exceso de azúcar en cientos de productos que consumimos diariamente. Nuevamente, también coordinados por el Departamento de Ciencias, pero sobre todo llevados por la ilusión de mostrar sus conocimientos a otros, el conocimiento que ellos mismos han investigado. Otro movimiento de ficha que quiero hacer por el interés que veo día a día en esta generación.

Recuerdo que en nuestra EGB, con muchísimas cosas buenas, lo que se nos enseñaba partía de la sabiduría del profesor, el “magister dixit” del párrafo anterior, sabiduría que en la mayoría de los casos nosotros tan solo nos limitábamos a memorizar y desarrollar en tareas o volcarlas sobre la hoja de un examen.

En una cafetería lagunera, desde la mesa de al lado, en la que yo saboreaba un buen café, no podía salir de mi asombre silencioso, al oír cómo dos señoras, que poco hacían para que los demás no escucháramos, aparentemente profesoras universitarias, éstas calificaban a nuestra generación actual de jóvenes como “la generación perdida”, la misma generación de la que he venido hablando y otros muchos lo hacen en los mismo términos, para mí erróneos. Nuevamente, la descalificaban y la ponían en un lugar inferior a la nuestra, a la de la EGB, puesto que ellas, como yo, habían gozado de un sistema educativo que “sí” -se reafirmaban la una a la otra- daba una solidez en el conocimiento para toda la vida. Increíble. Me pareció increíble. Como supondrán no me entrometí en la conversación, la tentación me pudo en algún momento, pero la dominé. Sentí unas ganas enormes de –con educación y pidiendo el permiso adecuado- involucrarme unos segundos en la conversación que mantenían estas dos colegas docentes, aunque, reitero, no lo hice por la experiencia de que para nada sirve, y tampoco soy amigo de meterme en conversaciones ajenas. Eso sí, insisto, por si estas “profes” de la Universidad me leen: nuestros jóvenes, los que yo veo todos los días, aprenden significativamente, aprenden a aprender, a través de distintas herramientas logran encajar sus conocimientos, solidificarlos y luego llevarlos a otros, o durante el proceso del aprendizaje interactuar y eso conlleva a lograr un aprendizaje significativo, lo crean ellas o no.

Minutos más tarde, terminado mi café y hastiado de escuchar de qué forma se pateaba a unos jóvenes a los que nosotros estamos enseñando, generalizando y poniendo a todos en el mismo saco, me levanté, y dije, “buenas tardes y feliz día”. Ellas educadamente respondieron. De todas formas, para que nadie saque conclusiones que no quiero transmitir, no pongo en duda el buen hacer en las aulas de estas dos profesoras, y mucho menos el gran trabajo de nuestra ULL. Sé me consta, conozco a muchos compañeros que ejercen su labor docente en nuestra Universidad y ellos llevan también a cabo ese tipo de enseñanza de aprender a aprender, y de ninguna manera los podría calificar como “magister dixit”. Confían en que crear marcas de aprendizaje significativo en los futuros profesionales, de la especialidad que sea, asegura el buen conocimiento. Creo que esas dos profesoras o estaban en el típico “hablar por hablar”, o sencillamente andan un poco perdidas, nuestros jóvenes son una generación ansiosa por saber, y aprender, aprenden, se los aseguro.