En El principio de la improbabilidad David Hand hace un análisis probabilístico sobre situaciones que asoman en el día a día de cualquiera. Recuerda el director de la Royal Statistical Society que cinco son las leyes que contribuyen al referido principio, la de la inevitabilidad, la de los números realmente grandes, la de selección, la de palanca de probabilidad y la de suficientemente similar. Si nos dejamos llevar por la ley de inevitabilidad daremos por bueno que necesariamente debe ocurrir algo de la serie completa de todos los posibles resultados de un evento aleatorio; o lo que es lo mismo, de todos los posibles resultados de la lotería al menos uno debe suceder. Así la cosa, la posibilidad de que nuestro décimo de la lotería del niño sea el ganador es igual a la probabilidad de que lo sea el del vecino, el que compraron en la oficina o en el equipo de fútbol del chiquillo, o el de aquel restaurante en el que no querías comprar pero te arrastraron. Por muy extraordinario que parezca alguien siempre gana la lotería. Alguien, sí. En ese punto la teoría es incontestable.
Cosa bien diferente es que alguna vez alguien seas tú. Alguien gana, sí, pero alguien vive en un pueblo que no es el tuyo y compró el décimo que no adquiriste. Alguien lo está celebrando y tú con la cara que se te pone cuando por penúltima vez caes en que has tirado a la papelera un montón de euros con los que bien podrías haberte dado un homenaje. Alguien gana la lotería, pero nunca eres tú. Tú eres el que compra décimos sabiendo que jamás te tocará. No gastas porque tengas alguna esperanza de que te toque, pagas por si le cae a los que están contigo, y a eso no te arriesgas porque temes que algún día se hable de tu caso para explicar el principio del fin de la improbabilidad.
