superconfidencial

El alegantín

Mi amigo Pablo me aporta en Las Palmas una palabra exquisita, alegantín, mucho más suave que alegador, esta última con la que se califica a un individuo que habla sin parar. En cierta ocasión, hace años, acudí al sepelio de la madre de un amigo, exequias celebradas en Tejeda, Gran Canaria, una población preciosa, pero enormemente lejana porque la carretera discurre por zonas de acceso difícil y fue trazada con muchas curvas. Alquilé, con mi amigo Félix Marrero, un coche con chófer. Y tuvimos la desgracia de que el conductor resultó ser un alegantín. Pero algo terrible, empeñado en explicarnos el viaje con tanto pormenor que optamos por parar en el hotel Santa Brígida, para librarnos un rato de aquel sujeto y tomarnos un refrigerio, al que naturalmente no lo invitamos. Llegamos a Tejeda exhaustos, con ganas de tirar por un barranco a aquel gramófono, que no había piedra del camino que no se supiera de memoria. Hoy, de vez en cuando se me acerca, sentado como estoy todas las tardes en una cafetería de ese norte, un alegantín venezolano que sabe de todo y ha sido de todo y conoce perfectamente todo. Los venezolanos pertenecen a una nacionalidad que tiende al rollo, esto no me lo podrán negar. Mientras que el cubano es enredador, pero simpático, el venezolano -y hago las excepciones oportunas- es exhaustivo y, desde luego, alegantín. Y arrastra otro defecto: no conoce las sutiles reacciones del receptor cuando se encuentra contrariado con su rollo. No percibe ni los movimientos de silla, ni las muecas, ni las ganas de marcharse que le entran a uno. El viaje a Tejeda se me hizo eterno, con aquel alegantín conduciendo un viejo Mercedes, manejándolo lentamente para tener tiempo de darnos el trayecto con toda la crudeza de que era capaz. ¡Dios, qué tormento!

TE PUEDE INTERESAR