Si para llamar la atención el precio es sacrificar las razones de fondo (si es así, y así fue) enseñar el culo en defensa de la sanidad pública es lisa, anal y llanamente una estupidez. En algún momento los guionistas del podemismo deben comprender que la baza de ganar foco a golpe de gags les ha caducado. Más pronto que tarde tienen que digerir que el recurso circense de darse un beso en los labios en el transcurso de una sesión constituyente, pasar la mañana con un bebé en el Congreso o enseñar el culo (como ocurrió en Gran Canaria) se les ha quedado sin batería. Aunque les dé vértigo imaginarlo ese momento ya pasó.
El podemismo va a equivocarse apostando por la ficción que propone Iglesias frente al realismo de Iñigo Errejón. Pretender, como plantea Iglesias, que el mismo podemismo que se sienta en los escaños del Congreso u ocupa concejalías en los ayuntamientos mantenga un relato de movimiento ajeno a las instituciones resulta tan conmovedor como infantil e insostenible. Rescatando fórmulas o esquemas de finales del XIX y primeras décadas del XX, Iglesias juega a ser parte del sistema sin renunciar a su condición de excepción del sistema. No cuela. O se está dentro o se está fuera, o en el escaño o rodeando el Congreso. Errejón, con un discurso menos agradecido pero más sincero, no vende humo ni ciencia ficción; están en las instituciones, luego, es ahí donde deben volcar la política y el hilo conductor. Podemos ya no es la excepción: el movimiento al hoyo y el partido al bollo. No tienen que pedir perdón, lo que sí deben hacer es dejarse de sacrificar razones o argumentos para llamar la atención haciendo chiquilladas. Enseñando el culo lo único que han conseguido es arrastrar algo tan serio como la sanidad pública al barrizal del choteo o el chiste fácil. Sí se puede, pero así no.
