el charco hondo

La botella de Iglesias

Es posible que para comprender la deriva de Podemos venga bien rescatar, como alguien sugirió días atrás, De la hegemonía a la destrucción, un ensayo con el que Carme Molinero y Pere Ysàs recorrieron los errores de los comunistas cuando llegaron a las instituciones y se atrincheraron en su estructura

Es posible que para comprender la deriva de Podemos venga bien rescatar, como alguien sugirió días atrás, De la hegemonía a la destrucción, un ensayo con el que Carme Molinero y Pere Ysàs recorrieron los errores de los comunistas cuando llegaron a las instituciones y se atrincheraron en su estructura, estigmatizando a los críticos. Podemos empezó a desdibujarse cuando Pablo Iglesias comenzó a sustituir la primera persona del plural -el movimiento ciudadano, nosotros- por la primera del singular -su yoísmo-.

El carisma inicial salió por la ventana cuando la vedette entró por la puerta. Satura. Agota. Cansa. Iglesias ha embotellado el espíritu que gestó la aparición en escena de algo diferente, atrevido y necesario, lo retiene en un discurso ficticio, arrastrándolo al imposible de estar en las instituciones sin perder la condición de excepción. Querer serlo todo a la vez arrastra a tierra de nadie, a no ser ni una cosa ni la contraria, a pasarse o quedarse corto. La bipolaridad como manual de estilo e hilo conductor tiene a Podemos envejeciendo a la velocidad del sonido, enfriándose, perdiendo fuelle. El asunto no es dulcificar su descripción de una realidad que no admite azúcares añadidos. La cuestión es que el endiosamiento de Iglesias los tiene navegando por el más de lo mismo. Con la propuesta de Íñigo Errejón ganaban todos. Con el triunfo de Iglesias gana él. Con Errejón el podemismo crecía. Con Iglesias crece el ego de Pablo. No es descabellado encontrar en los errores del PCE los pecados de Podemos. Cuando las vedettes suben a escena los argumentos bajan al patio de butacas. Podemos estuvo cerca, pero no lo logró. El efecto que los encumbró no deja de desinflarse. Este fin de semana tendrían que haber organizado su mayoría de edad, pero han preferido acampar en la ficción de una adolescencia imposible.

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