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Miedo a volar

Hay mucha gente que tiene miedo a volar. Algunas compañías lo subsanan ofreciendo cursos a los miedosos, para curarles el mosqueo

Hay mucha gente que tiene miedo a volar. Algunas compañías lo subsanan ofreciendo cursos a los miedosos, para curarles el mosqueo. Mi madre, por ejemplo, no es que viajara mucho, pero cada vez que lo hacía buscaba una monja -los asientos no eran numerados- y se sentaba junto a ella. Decía que la serenidad de la hermana la tranquilizaba. Una vez, una chica joven y desconocida me agarraba el brazo, y hasta los muslos, cada vez que el avión daba un brinco. Me quedé tan bien que al llegar a Madrid casi no me podía levantar; aterrizamos cogidos de la mano. Hay gente que bebe y toma Tranquimazín, antes de subirse al avión y entonces o se queda tiesa en el sillón o empieza a gritar. Los pobres sufrimos menos miedo a volar, porque si no llegamos al destino nadie se va a mamar lo que no tenemos.

Algunos pasajeros muy nerviosos eran invitados a la cabina de mando del avión para que se tranquilizaran; hoy ya no se puede, a causa de las estrictas medidas de seguridad. Una vez, en un viaje entre Belfast y Edimburgo padecí tal tormentón que los equipajes de mano volaban y las azafatas lloraban. Aterrizamos en Edimburgo, en medio de una gran zozobra. Algunos pasajeros, supervivientes de ese viaje, hablamos a menudo de aquellos momentos tan desagradables. Casi todo el mundo tiene una mala experiencia aérea, pero de carácter leve. Una vez, en un Super DC8, volando sobre Madrid, de donde acabábamos de despegar, el piloto, a causa de un fallo hidráulico, tuvo que deshacerse del combustible y volver a aterrizar, pero no pasó nada: controló perfectamente la situación. En Gambia volé sobre el país en una avioneta privada. A mi llegada a Tenerife me llamaron para decirme que, en otro vuelo por la misma ruta, el aparato se estrelló y fallecieron los cuatro ocupantes, incluido el que había sido mi piloto.

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