VILAFLOR

“El Hermano Pedro ya era un santo en Guatemala antes de morir”

Miguel Torres es una de las personas que más ha estudiado la figura de Pedro de San José de Betancur (1626-1667), el primer santo canario, nacido en Vilaflor, que desarrolló en Guatemala la obra que le llevaría a los altares,

MIGUEL TORRES
Miguel Torres, miembro numerario de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala. J. C. M.

Es una de las personas que más ha estudiado la figura de Pedro de San José de Betancur (1626-1667), el primer santo canario, nacido en Vilaflor, que desarrolló en Guatemala la obra que le llevaría a los altares, dedicando todo su esfuerzo a impulsar la asistencia social a los más necesitados y fundando la Orden Bethlemita. Miguel Torres, miembro numerario de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala, ha estado esta semana en Tenerife para participar en los actos de la XII edición de la Ruta del Hermano Pedro, celebrada ayer. En una entrevista a DIARIO DE AVISOS, destaca la profunda huella que ha dejado en su país el religioso chasnero.

-¿Qué significado tiene hoy, tres siglos y medio después, la figura del Hermano Pedro en Guatemala?

“Es fundamental. Aunque fue canonizado en 2002, ya estaba considerado santo desde el momento en que murió, incluso en vida. Es uno de los padres de la patria de mi país, porque cuando llegó no había instituciones de educación ni de sanidad pública, y él se preocupó de crearlas. Nacieron instalaciones especializadas en el cuidado de las personas, donde la población indígena fue atendida. Hoy, aquella acción continúa vigente a través de la llamada Obra Social del Santo Hermano Pedro. Y desde el punto de vista educativo, no sólo permitió el acceso a la enseñanza a los niños pobres, sino que introdujo el concepto de educación de ambos sexos”.

-Esa debió ser una aportación casi revolucionaria en una época en la que el papel de la mujer en la sociedad estaba muy relegado.

“Absolutamente. No abandonó a las niñas en un momento de la historia en que se consideraba que la mujer debía estar en casa, sin necesidad de leer y escribir. El aportó ese concepto novedoso. Tenía claro que las niñas y las mujeres también debían involucrarse en la sociedad a través de la cultura. El Hermano Pedro es una figura toral en Guatemala desde el punto de vista de la fe y desde la institucionalización de toda una sociedad”.

-Su canonización en 2002 lo convirtió en el primer santo de Centroamérica…

“Correcto, aunque se le consideraba extraoficialmente santo desde muchísimo antes. Le voy a contar una anécdota: como se le quería tanto en la Antigua Guatemala, inmediatamente después de su muerte se pintaron múltiples retratos suyos, pero como no era un santo oficial, los retratos fueron recogidos y quemados por la Iglesia. Afortunadamente se salvó uno, probablemente el más importante. He aprovechado mis estudios de Historia del Arte para estudiar seis o siete cuadros importantes que perduraron de esa época, finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, y hay uno que debe ser especialmente la iconografía correcta del Santo Hermano Pedro”.

-¿Qué proyección ha tenido en Latinoamérica la Orden Bethlemita que fundó?

“Hay que recordar que el Hermano Pedro no fue sacerdote, sino un terciario franciscano laico. Siendo así llevaba una vida totalmente dedicada a la religión y al bienestar del pueblo. Cuando murió ya dejó fundada la orden de los Bethlemitas. Fue don Rodrigo de Arias Maldonado, marqués de Talamanca y gobernador de Costa Rica, quien al llegar a la Antigua Guatemala se enamoró de toda su obra y la continuó en el Perú, principalmente. Hoy hay comunidades bethlemitas importantes, con grandes construcciones de la época colonial, del siglo XVIII, en Cuba, en México y, sobre todo, en el Perú”.

-¿Qué recuerdos le quedan de su canonización por Juan Pablo II aquel histórico 30 de julio de 2002 en el Hipódromo de Ciudad de Guatemala que paralizó a todo el país?

“Fue algo muy emocionante. Particularmente me siento muy orgulloso de haber podido participar en la canonización, que no fue nada fácil. La inició fray Damián Moratori y por fray Edwin Alvarado, dos grandes franciscanos que colectaron la evidencia. Adalberto, vecino de la comunidad de Vilaflor, fue el niño del milagro que permitió que se oficializara la canonización. Durante dos años un grupo de vecinos de la Antigua Guatemala trabajamos con ellos y luego el cardenal Rodolfo Quezada Toruño, ya fallecido, lo organizó a nivel eclesiástico. Tuvimos la gran fortuna que Juan Pablo II quiso viajar a Guatemala. Allí inscribió de puño y letra al Hermano Pedro en el Libro de los Santos. No había un guatemalteco que no quisiera estar allí. Fue un acto imponente, al que se llevaron las mejores esculturas coloniales y un crucifijo muy antiguo. Ahora y siempre el Hermano Pedro será un personaje vital en nuestra historia y en nuestra espiritualidad”.

-¿Podemos decir que más de tres siglos después su mensaje sigue presente en las instituciones guatemaltecas y en los ciudadanos?

“Por supuesto que sí. Su tumba se encuentra en el santuario de San Francisco el Grande, en la Antigua Guatemala; sus restos reposan donde él siempre quiso estar, en la capilla de los terciarios, allí tiene un panteón faraónico, al que todo el mundo acude a rezarle y a llevarle flores. Yo tuve el gusto, a la entrada de ese santuario, de sembrar, en 1991, el primer árbol de esquisúchil que logré reproducir. A partir de ahí empecé a plantar estos árboles en los sitios históricos donde sabemos que estuvo el Hermano Pedro”.

-La historia asocia este árbol, peculiar donde los haya, con Pedro de San José de Betancur, pero su existencia se remonta bastantes siglos atrás. ¿Por qué es tan especial el esquisúchil?

“Es un árbol que fue muy apreciado en Mesoamérica, desde el centro de México hasta el norte de Costa Rica. Siempre ha sido muy raro, muy peculiar, y actualmente está en la lista roja de especies en peligro de extinción. Tuvo una gran importancia en la época prehispánica. Los mayas y sus antecesores, los olmecas, lo utilizaban para ofrendas especiales, y fue reproducido en los jardines botánicos de la realeza exclusivamente. Sabemos mucho del árbol a través de los textos aztecas, que lo ofrecían a sus dioses. Las princesas se bañaban en agua perfumada con flores de esquisúchil y hasta se utilizaba como una planta medicinal para tranquilizar a los gobernantes”.

-¿Qué encontró el Hermano Pedro en el esquisúchil?

“Cuando llegó a Guatemala, prácticamente no existían árboles, y el santo Hermano Pedro iba mucho a una ermita a rezarle a la Virgen de San Miguel Escobar, a pocos kilómetros de la Antigua Guatemala. A él le encantaba el árbol que había allí y logró, a través de un hijo que viene directamente de la raíz, llevarlo hasta la iglesia del Calvario. El mes pasado, ese árbol cumplió exactamente 360 años de vida. Ese ejemplar está señalado como una reliquia del Santo Hermano Pedro. Donde quiera que vamos, el esquisúchil nos trae a la memoria que es el árbol del Santo Hermano Pedro. Hoy sus hojas secas se usan para curar enfermedades desde la fe, pero científicamente se está estudiando la presencia de una molécula antidepresiva”.