Todo el mundo mira al puerto de Granadilla, hoy con más vida que nunca, atiborrado de periodistas y fuerzas de seguridad. La aproximación del barco del hantavirus al muelle industrial del sur de Tenerife para su fondeo y evacuación de pasajeros y tripulantes será una de las imágenes internacionales de mayor impacto del año. El mundo vuelve a clavar sus ojos en el sur de la Isla por culpa de un virus, como ocurrió en febrero de 2020 con el confinamiento del hotel Costa Adeje Palace tras el brote de Covid-19.
El crucero, con 141 personas a bordo procedente de Cabo Verde, que ha acaparado esta semana la atención mundial, relegando a un segundo plano informativo la guerra en Irán, arriba a un muelle aún en construcción, ocho años después de que fuera inaugurado por el entonces presidente del Gobierno Mariano Rajoy, secundado por el ministro de Fomento Íñigo de la Serna. El puerto granadillero vivió aquel 2 de marzo de 2018, su primer gran desembarco, en este caso de autoridades nacionales y autonómicas, incluido Fernando Clavijo, que ya era presidente del Gobierno de Canarias.
Para el recuerdo quedará, en aquella ventosa mañana del 2 de marzo de 2018, con el tiempo sur agitando las aguas interiores de la dársena como un mar bravo, la caminata por el recinto portuario, con paso acompasado, de los dos presidentes y el ministro al más puro estilo de Los Beatles en la portada de Abbey Road.
Bajo una carpa zarandeada por las fuertes rachas de viento, Rajoy pronunció su discurso y la ventolera estuvo a punto de hacerle perder los papeles. En ellos, agarrados bien fuerte en el atril, subrayaba una cifra, 362 millones –la inversión programada- y una previsión: “Canarias será un nodo de referencia mundial para el tráfico de mercancías”.
La inauguración llegó 17 años después de que el Ministerio de Fomento aprobara unas polémicas obras que activaron a las organizaciones ecologistas y numerosos ciudadanos, indignados por la construcción del “macropuerto” de Granadilla (aunque finalmente sus dimensiones se recortaron respecto a las previsiones iniciales), en una de las mayores protestas medioambientales que se recuerdan en décadas en Tenerife, a la altura del proyecto de una línea de alta tensión por los montes de Vilaflor de Chasna que sacó a la calle, en 2002, a 100.000 personas en una histórica manifestación.
El encendido debate social y la vigilancia constante de las obras del controvertido puerto -supervisadas por Madrid y Bruselas- para minimizar su impacto ambiental, llevó al ecólogo Antonio Machado, nombrado presidente del Observatorio Ambiental de Granadilla, a afirmar que el muelle industrial marcaría un antes y un después al acabar con la “frivolidad ambiental histórica” de las obras públicas. “Los promotores del puerto decían que no iba a pasar nada y los ecologistas que iban a desaparecer las tortugas, y al final ni una cosa ni la otra”, manifestó a este periódico en la antesala de la inauguración.
La infraestructura sureña estará, por fin, terminada en 2029, once años después de su inauguración, si se cumplen las previsiones de la Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife. A finales de 2026 o principios de 2027 comenzarán las obras de los últimos 543 metros que le faltan al muelle de ribera para alcanzar una extensión de 1.045 metros. La inversión, de 39,7 millones de euros, recibió el visto bueno del Consejo de Ministros el pasado 10 de febrero y la Autoridad Portuaria, a través de su consejo de administración, aprobó el 6 de marzo el expediente definitivo para licitar los trabajos, que durarán dos años.
Aunque el puerto de Granadilla dista mucho de ser el “gran motor económico” que se vendió por quienes defendían su construcción y está aún muy lejos de generar los 20.000 empleos que se anunciaron en plena oleada de protestas, el planeta entero mirará hoy, en medio de una expectación sin precedentes, al muelle más famoso del mundo. Por lo menos esta semana. Hasta que el Hondius, ya casi vacío, ponga rumbo a Países Bajos y las luces se vuelvan a apagar sobre Granadilla







