
Por Martín Rivero
Recuerda, ahora, frente a la fachada de la obra de sus sueños, que su hermano le hablaba de Beethoven cuando tenía apenas cuatro años. Fue premonitorio. Pedro Ambrosio dos Reis Françony, coloquialmente Pedro Françony, espigado, en su madurez, con tono de voz suave y elegantes modales, está orgulloso de contar a una atenta audiencia española cómo crece, a base de empeño e ilusión, su utópico proyecto.
Los que le escuchamos, todavía sin salir de nuestra sorpresa, integramos una expedición de directores de los más importantes festivales de músicas del mundo que visita Luanda, la capital de Angola, para participar en el vis a vis de Casa África, que celebra su octava edición en este país del cono austral africano, con el fin de seleccionar bandas de música emergentes que participarán en verano en el calendario español de conciertos de world music. Parecía un sueño pero era verdad. Habíamos salido a las afueras de Luanda, atravesando zonas de la periferia que muestran, con evidentes signos de pobreza, las secuelas de cuatro décadas de guerra colonial y civil de un pueblo que se abre camino, a duras penas, hacia un futuro mejor. Y de repente, como una pirueta surrealista, en medio de aquel paisaje adverso, un cartel con perfecta tipografía anunciaba nuestro inesperado destino, la Escola de Música Kaposoka.
Pedro Françony no es músico titulado. Realmente es sacerdote militar en la reserva y profesor universitario de Derecho de Familia. Pero se empeñó en convencer a las autoridades de Angola de que con una Escuela de Música y una Orquesta Sinfónica se podía hacer una gran labor con los meninos [niños], un colectivo muy frágil y en riesgo social, que la guerra los había puesto en la calle y expuestos a un futuro incierto. Françony puso la primera piedra de su odisea el 10 de octubre de 2008, “con la finalidad de combatir la pobreza y garantizar aulas de música y ética a los niños”. Para ingresar en Kaposoka hay que tener entre 6 y 14 años de edad, estar matriculado en un colegio, presentar dos fotos y estar vacunado.
Tres escuelas y 1.200 alumnos
Su punto de partida lo fijó en un lugar extremadamente pobre y con problemas de seguridad, en un barrio con nombre, curiosamente, musical, Samba, de calles polvorientas, sin asfaltar, en el municipio de Belas. Hoy, tan solo nueve años después, ya ha expandido su modelo de reinserción musical a dos zonas más, cuenta con 1.200 alumnos y sueña con crear un conservatorio y una orquesta sinfónica nacional para la que ya le ha echado el ojo a una futura sede, el Centro de Conferencias de Belas. Ha convencido al presidente del Gobierno de que se trata de una iniciativa sólida y con porvenir. “La enseñanza de la música no está reglada en Angola y la creación de una orquesta profesional podría ser una oportunidad laboral para los angoleños y para los jóvenes que demuestran virtuosismo en nuestra orquesta de Kaposoka”, indica el mecenas de Luanda.
“El peor castigo que le pueden dar a uno de nuestros alumnos es comunicarle que está sancionado”, señala Françony, “porque ello implica que no podrá ir a la Escuela de Música unos días y tampoco podrá llevarse a casa el instrumento, que es algo que ya forma parte de su hábito, de su vida”. “El cuerpo de otro es sagrado; aquí está prohibido el castigo físico”, añade.
La Escola de Kaposoka es algo más que un centro de estudios musicales. Es una escuela de valores. En ella se imparten clases de civismo, medio ambiente y religión, aspecto este último sobre el que su director manifiesta que “somos neutrales”. En el recinto conviven católicos [confesión predominante en el país], metodistas, anglicanos, testigos de Jehová, etc. Y también se proporciona asistencia sanitaria a los alumnos que la necesiten. Françony no puede bajar la guardia, porque tiene que buscar todos los años recursos privados con patrocinios de empresas y recurrir al Gobierno para costear los instrumentos, los sueldos de los profesores, uniformes y la alimentación. Ahora mismo la Escola es pública, pero le han planteado que tiene que convertirse en Fundación.
Reconocimiento internacional
Tiene mérito lo de esta Orquesta Clásica de Luanda. Sin medios y olvidados en la esquina sur de África, han conseguido, sin embargo, salir fuera y que se rinda ante su maestría artística el público melómano de Japón, Italia o España, país este último que visitaron bajo los auspicios de la embajadora de España en Angola, Julia Alicia Olmo, una ferviente defensora del proyecto. Ella está empeñada en colaborar con la propuesta de su amigo Françony creando un aula online de música clásica y promoviendo la visita a la escuela de luthiers que enseñen a sus alumnos a reparar los instrumentos que se estropean, por su uso, con el paso del tiempo. También fue iniciativa de la diplomática española la reciente visita a las instalaciones de Samba del prestigioso músico y pedagogo Jordi Albert.
Kaposoka significa alegría en bantú [lengua que emplean 400 grupos étnicos extendidos desde Camerún hacía el sur de África]. Con alegría nos recibieron los alumnos al interpretarnos como agasajo un Guantanamera muy afro. Este invento musical maravilloso, una especie de isla en un escenario nada propicio para que un joven vislumbre su porvenir, ha creado nuevas personas. Su principal mentor afirma que la música permite a estos niños convertirse en individuos con principios y cualidades para afrontar los retos de una vida nada fácil en su entorno. La Escola de Música Kaposoka, que guarda paralelismo con la experiencia de la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar, fundada en 1975 por José Antonio Abreu, fomenta entre sus componentes valores como disciplina, humildad, persistencia, excelencia, eficiencia, honestidad, responsabilidad, constancia, gratitud, que corean al unísono antes de comenzar el concierto que nos van a brindar, y, cómo no, pregonan también en voz alta, mucho amor a su patria, Angola.





