
El destino de cada persona es variado y múltiple en este planeta. Una asignatura obligatoria para todos los seres humanos que se convierte en un examen diario en la lucha por la existencia. Algunos son más afortunados que otros en esa ruleta del destino. Ahora hace seis años del fallecimiento del indigente Sebastián Baute, más conocido como el Legionario. Era natural del pueblo de San Andrés, y miembro de una familia de siete hermanos muy apreciada en el barrio costero santacrucero. Según cuentan vecinos de San Andrés, varios hermanos del Legionario fueron destacados futbolistas, no solo del CD San Andrés, sino que incluso uno de ellos, apodado Carlele, llegó a jugar en la Península, en categoría nacional.
Los niños de la época disfrutaban con los habituales relatos de Sebastián Baute sobre las películas de acción y las aventuras del oeste americano, puesto que era un devorador de novelas de ese género, especialmente de las escritas por Marcial Lafuente Estefanía. Los que le conocieron más directamente, no dudan en señalar “que era buena persona, aunque un poco hosco debido a sus perturbaciones mentales”. Como sucede en casi todos los pueblos rurales, los apodos son muy comunes a la hora de identificar a una determinada persona. En este caso, a Sebastián Baute en su pueblo de San Andrés le apodaban de joven Chachán, aunque la nueva generación le rebautizó Satán, para su disgusto y enfado.

Durante muchos años se le podía ver deambulando por las calles del centro de Santa Cruz con su saco a cuestas, mal vestido y con una falta de higiene deplorable. Solía hablar solo. Incluso, en los últimos años, motivado por el empeoramiento de sus facultades mentales, su conducta era grosera y provocativa, siendo recriminada por los transeúntes. Orinaba en cualquier rincón de la capital, a cualquier hora, bien fuera de día o en la noche. También solía provocar a las personas e increparlas con palabrotas. Por si fuera poco, en su delirio mental, solía enseñar sus partes a las mujeres y, de paso, insultarlas. El Legionario solía frecuentar la zona de Los Paragüitas. Se enojaba cuando le llamaban Satán. Algunos de la zona del muelle de Santa Cruz le hacían enfadar con ese apodo.
Curiosamente, nunca pedía nada, salvo un cigarrillo. En el año 2011, a mediados del mes de diciembre, la periodista Verónica Martín escribió en las páginas de DIARIO DE AVISOS una reseña sobre la muerte de este personaje: “Fallece uno de los indigentes más conocidos de la capital, el Legionario, que llevaba décadas viviendo en las calles de Santa Cruz de Tenerife con su particular vestimenta. Siempre iba con unas mallas negras y su gorra de legionario. El óbito tuvo lugar en el Hospital Nuestra Señora de Candelaria tras ser trasladado en una ambulancia del 1-1-2. Este indigente era enfermo mental y tenía una importante afección respiratoria. Además, de una circunstancia muy particular, pues, tal y como explica el portavoz de la Plataforma por la Dignidad de las Personas Sin Hogar, Eloy Cuadra, “no permitía más ayuda que recibir algo de comida o de dinero”. Miembros de esta plataforma se acercaron hace unos pocos días al lugar habitual de estancia de el Legionario, en la calle del Castillo, para “darle un bocadillo, porque no aceptaba nada más que eso”.
El sepelio del Legionario tuvo lugar en el que fuera su pueblo de San Andrés, ya que una sobrina suya lo tenía en su póliza de decesos. Así acabó la vida de un hombre que por su deterioro mental no quiso la ayuda de los demás y malvivió en las calles durante años. Quiso vivir en libertad, en su mundo de sueños, alucinaciones y fantasías. Murió solo, lejos de su San Andrés natal, y olvidado.





