
Casi dos semanas después de enterrar a su hijo, Frank J. Kerrigan recibió la llamada de un amigo comunicando que aún estaba vivo. El padre pidió escuchar su voz y un “hola papá” fue el saludo que inmediatamente escuchó a través del teléfono. Efectivamente, era él.
Según ha contado el hombre a la revista ‘Time’, la oficina forense de Wildomar, en California (Estados Unidos), contactó con él para comunicarle que su hijo de 57 años, quien había vivido en la calle debido a su enfermedad mental, había fallecido.
“Cuando alguien me dice que mi hijo está muerto, cuando tienen huellas dactilares, yo creo en ellos”, añade Kerrigan.
Sin embargo, después de la inesperada llamada, el abogado de la familia asegura que los funcionarios no fueron capaces de corroborar las huellas dactilares y, en su lugar, lo identificaron utilizando una fotografía.
Asimismo asegura que el padre, quien el pasado 12 de mayo celebró el funeral de su “hijo vivo” que costó más de 17.000 euros, planea demandar a la oficina forense por el grave error cometido.





