Desde que anunciaron que Gabriel Mato estaría sentado en la mesa de negociación del pacto entre PP y CC, supuse que la cosa no estaba tan clara como parecía a priori. Asier Antona no solo contaba con un amigo de plena confianza, alejado de intereses particulares en lo que allí se estaba cociendo, sino también con un hábil negociador, acostumbrado a moverse en los matices de la política canaria, y con una capacidad demostrada de sacar de quicio a sus oponentes, incluso cuando se trata de sus potenciales socios. Mato gobernó con Coalición Canaria y fue presidente del Parlamento de Canarias gracias a un pacto entre PP y CC, y se conoce la letra pequeña de los acuerdos que han sido y serán en esta autonomía. Con el eurodiputado en la mesa, populares y nacionalistas podrían haber llegado a un acuerdo, como ha ocurrido casi siempre que lo han intentado, pero estaba garantizado que iban a sudar el doble la camiseta para conseguirlo. El ojo de halcón lo pediría con más frecuencia que nunca el árbitro internacional de tenis, metido en funciones de jugador de fondo. En cualquier caso, Mato no habría hecho de barrera si Antona hubiera querido cruzar el Rubicón. Pero la realidad es que falló el principio que rige toda negociación que pretende llegar a buen puerto: la voluntad de alcanzar un acuerdo. Ni uno ni otro estaban convencidos de que un pacto le traería más beneficios que desventajas. A Coalición Canaria, por el roto que le habría supuesto a su equilibrio interno deshacerse de medio Gobierno. Al Partido Popular, porque podría desinflar sus expectativas electorales. Lo demás son excusas para justificar que no se fían el uno del otro, pero sobre todo, de su propia capacidad para saber gestionar con éxito este reencuentro. Lo que está por ver es cual de las dos partes sale beneficiada de este coitus interruptus, porque con las decisiones está claro que “alguien pierde, alguien gana. Ave María”, que diría el maestro Blades. Así que ya saben, “salgan y hagan sus apuestas, ciudadanía”.
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