Me pidió Carmelo Rivero, el director de este periódico, que le enviara alguna foto reciente, para ilustrar estas crónicas; su mensaje me llegó de madrugada, yendo de Miami a Caracas, en pos del deber. Un chivatazo de España, de dónde iba a ser, me advirtió de que era posible que se produjera en la madrugada la liberación de Leopoldo López, el opositor venezolano. Me aconsejaron que me fuera en el primer avión.
En estas circunstancias, para un periodista el primer avión del día siguiente es el último avión del día anterior. Y lo conseguí. Era un madrugón también en Miami, no sólo en Caracas, pero valía la pena. Esa era una noticia que iba a dar la vuelta al mundo. Yo estoy en la esquina inferior de la foto de quienes acompañaron a López cuando el joven político fue encarcelado por Maduro hace tres años. Y no quería que la foto siguiente, él liberado, llegando a su casa, para abrazar a su mujer y a sus hijos, no me tuviera a mí entre los asistentes.
Fue una llegada accidentada, más por lo que pasó por mi cabeza que por lo que pasó. Desde hace decenios Caracas me expele, o por el miedo o por el clima, o quizá por el recuerdo de fracasos (sentimentales también) que ya pasaron a la historia pero me siguen hiriendo como el primer día. Esta vez, además, sentí que quizá allí me tenían fichado por algunas cosas que he publicado, sobre todo, en la prensa paraguaya, aunque quizá a Maduro lo que menos le inquiete de todo será lo que se diga de él en Paraguay.
Así que pensé que llegar a Caracas sería difícil, como cuando se llega a Cuba y uno no se siente respaldado por el anonimato de los viajes turísticos. Pero no pasó nada, salí antes del amanecer de aquel avión como un embutido expulsado a la nada, y me planté frente a la casa de López, donde reinaba una quietud que contradecía los augurios. Pero mi fuente no me podía fallar.
Al cabo de unos minutos una caravana muy decidida frenó ante mí, me deslumbró con sus linternas, me preguntó qué hacía yo allí, le dije que estaba esperando a que otro amigo orinara en las cercanías, me dejaron como a un zombi, y subieron sigilosamente a la casa, que en seguida se llenó de luces. ¿Qué pasa?, oí que decía una voz que me pareció la de Lilian Tintori. Algunas cosas debieron decirle porque ella lanzó un gritito, no sé si de llanto alegre o de sorpresa, y dos minutos después una caravana más grande y más ruidosa se paró ante mí.
Los minutos siguientes fueron un lío enorme, porque a la vez que salía Leopoldo López de la furgoneta empezaron a llegar raudos cientos de personas gritando, salidas como de la nada, alertadas quizá por la misma alerta que yo recibí. El júbilo era inmenso. Y empezaron a hacer fotos de todo el mundo, hasta que pasó algo de tiempo, había amanecido ya y el opositor venezolano apareció en la azotea de su casa. Entonces había cámaras por todas partes. Una de esas cámaras me tomó a mí, metido entre el gentío.
Le dije a Carmelo:
-Usa esa foto.
Y él me dijo:
-De eso nada, hoy la foto es Leopoldo López.
Un periodista.


