Conocí a Florentino Pérez en el restaurante Flanigan de Puerto Portals, en Mallorca, muy frecuentado por el rey Juan Carlos, por cierto. Estaba yo con Carlos Herrera, con Pepe Oneto (que en paz descanse) y con Paco Hernando, mi amigo al que se llevó el covid. Florentino salía de su velero, surto en aquel puerto deportivo que llegó a ser propiedad de Paco Hernando, al que se le conoce mejor por el apodo de su primera ocupación: limpiar pozos en Alcalá de Henares, Paco el Pocero. Más tarde se convertiría en un visionario inmobiliario y en uno de los hombres más ricos de España. En una de mis estancias en su yate me regaló un reloj Maurice Lacroix de oro. Me mandaba su avión a Madrid a buscarme, a mí y a sus amigos. Aquel avión era una gozada: tenía un cristal que te daba una panorámica de la maniobra de despegue y aterrizaje. La cabina de mando era un prodigio de la técnica. Recuerdo que una vez fui a buscar a Carlos Herrera y a su familia a Jerez de la Frontera y luego pasamos unas vacaciones, con Pepe Oneto y familia, en Mallorca. Qué tiempos, cuando atábamos los perros con longaniza y bebíamos Petrus como quien bebía agua Vichy. Florentino Pérez nos reveló en aquella conversación algunas cosas del Real Madrid, en plan confidencia. Cuando lo seguí el otro día, en la rueda de prensa, primero, y después en su conversación con Pedrerol, también me sentí orgulloso de ser madridista y de ver tan entero y lúcido a un hombre de mi edad, al que no han conseguido doblegar: ACS tiene 170.000 empleados y facturó creo que 50.000 millones de euros en el último ejercicio. Lo han machacado, lo han llamado machista, por ser amable y cariñoso con una periodista presente en su rueda de prensa, pero él seguirá siendo presidente de nuestro Real Madrid y ganando títulos.


