tribuna

La cumbre de Pekín

La paradoja del momento que vivimos es que, hace tan solo un lustro, mirábamos aterrados a China como el origen de un virus que amenazaba al mundo entero. Y, ahora que ha pasado a nuestro lado el hantavirus del crucero de marras, vemos en China un halo de esperanza en nuestras vidas.

Xi Jinping, sin necesidad de ser comunistas, nos parece un tipo serio, frente al delirante Trump, en un “mundo turbulento”, como dijo el chino. La cumbre de los dos colosos, tras nueve años y una guerra arancelaria desquiciante, era considerada una oportunidad histórica para la civilización. No ha sido para tanto.

Sin duda, son horas críticas para la humanidad, y el espíritu de nuestro tiempo (el zeitgeist) es una aleación de miedo y esperanza. Qué remedio, nos vamos acostumbrando. En Pekin estaban los representantes de un mundo llamado conflicto. Y sobre la mesa figuraba la guerra de Irán, donde están en juego la paz y las cosas de comer. La frase del americano al chino, “sentimos lo mismo, ¿verdad?, queremos que esto termine”, fue reveladora y sincera. A Trump se le escapa a veces lo que piensa de verdad, siendo la misma persona que tuiteó aquella noche que acabaría “con una civilización”.

¿Es ahora más probable que se abra el estrecho de Ormuz y EE.UU. e Israel se retiren? Quizá sí. Ha habido curvas peligrosas. A Trump, en una ocasión, lo sacaron de la Sala de Situación (la de crisis) para que no interfiriera con sus gritos durante el rescate del piloto abatido en las montañas. El 18 de abril, tras la tregua, según la filtración más inquietante, se le cruzaron los cables y le pidió a su jefe de Estado Mayor Conjunto los códigos nucleares. El general Dan Caine logró disuadirlo, pero en EE.UU. el presidente goza de “autoridad absoluta” para apretar el botón. Como es obvio, no lo hizo. Así que esa bala también pasó rozando.

El único que puede convencer a Teherán de cerrar un acuerdo y abrir el Estrecho es Xi Jinping. ¿Pero querrá? Es el primer interesado, porque depende del petróleo iraní a través de ese canal. Ahora bien, su entusiasmo depende de lo que decida EE.UU. sobre Taiwán, el tema estrella para China de la cumbre, que, si no se maneja bien, dice Xi, puede acabar en “un conflicto”.

El primer día, Jinping mencionó la “trampa de Tucídides”, un concepto geopolítico basado en la guerra del Peloponeso, donde, según el historiador griego Tucídides, el ascenso de Atenas y los recelos de Esparta hicieron que llegaran a las armas. El chino se preguntó si las dos potencias serán capaces de escapar de ese síndrome y crear un nuevo paradigma juntas. Trump se deshizo en elogios hacia Jinping, ¿en un clima de avenencias sobre Irán y Taiwán, quid pro quo?. Xi, quizá por cortesía, calificó la visita de “un hito”, y Trump, de “un gran par de días”. Solo logró vender al chino 200 Boeing, y no 500, como quería. Y cometió una grave indiscreción, espiando la carpeta de notas de su homólogo cuando este se ausentó un momento de la mesa. Las cámaras lo pillaron.

En público solo se airean capítulos transaccionales (la venta a China de chips o la compra de aviones, las tierras raras de uno y los bonos del Tesoro del otro). Luego están las rosas del jardín, que elogió el americano tras un paseo con su anfitrión. Lo de Irán o Taiwán pertenece al jardín de los pactos secretos que ambos estadistas habrán convenido en privado. Ojalá que hayan hablado de paz, como en tiempos de Reagan y Gorbachov (China hoy es la URSS de ayer). Putin va ahora a Pekín a sonsacarle al chino.

La nueva bomba nuclear, como se sabe, es la inteligencia artificial. Y este era un viaje de negocios, con tecnobros y mercaderes de la nueva tecnología, al país más avanzado en robótica, sector cuyo salto a la vida real está previsto para este año 2026. Así que pronto veremos en la calle a los primeros robots haciendo diligencias y será la nueva normalidad. En esta cita preliminar los dos amos del mundo han podido abordar cómo gobernar la sociedad de la IA y los robots humanoides (los Optimus de Elon Musk y los bípedos chinos Unitree), que están a punto de dejar de ser una mera curiosidad de laboratorio.

Qué hundido ha de sentirse Trump que esta vez se bajó del pedestal y dijo haber acudido a Pekin con su ejército de ministros y empresarios de postín a “rendir homenaje” al pontífice chino, como quien se agarra a un clavo ardiendo ante las elecciones de medio mandato en noviembre, y lo invitó a EE.UU. en septiembre, para un último empujón.

En la comitiva, por cierto, iba el secretario del Tesoro, Scott Bessent. ¿Recuerdan quién es? El que, hace un año, dijo de Sánchez que ir a China era “como cortarse el cuello”. Las vueltas de la vida.

Lo esencial, quizá lo único importante, es que los dos imperios se han visto las caras, al borde del precipicio, y ninguno ha empujado al otro.

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