A estas alturas de mi vida me pregunto, con cincuenta años de periodismo a mis espaldas, si no se estará produciendo una sobreabundancia de información en lo que queda de prensa escrita, televisión, digitales y redes. ¿Habrían llegado, por ejemplo, tan lejos, los afanes independentistas de una minoría de los catalanes sin la colaboración de estos medios, sobre todo de la televisión? ¿No estarán los medios, escudados eternamente en la libertad de expresión, fabricando el caldo de cultivo para que en Cataluña acaben por creerse que van a ser independientes y estén trabajando en ello -insisto, una minoría- con tanto afán? Yo sé que es un tema espinoso, que a los snobs del periodismo no les gusta que se toque, porque lo que quieren es “publicarlo todo”. Yo, con 30 años, era como ellos, como estas estrellas de la tele, a las que no se les pone nada por delante: huelen una supuesta noticia y la dan, sin evaluar los daños. Cuando la banda Baader Meinhoff actuaba en Alemania se debatió mucho si para combatir el terrorismo era mejor el silencio de los medios y no contar las tristes andanzas de los asesinos. Un filósofo dijo entonces: “Contra terrorismo, silencio”. Y así fue. De la Baader Meinhoff se publicó relativamente poco. Mas un pueblo tan anárquico, desobediente e histérico como el español -junto a sus virtudes- tiene también su reflejo en los medios de comunicación. Fíjense que hace relativamente poco nos enzarzamos en una guerra civil. Yo lo doy por imposible, a mi edad, cuando la mayoría de las cosas me resbalan, incluido el proceso catalán de los cojones. Los periodistas, sobre todo los más veteranos y también los más conscientes de lo que se nos viene encima, empezamos a plantearnos hasta dónde debemos llegar, si los límites, como opinan algunos, son los que marca el Código Penal o nuestra propia conciencia.
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