tribuna

Todo según lo previsto

En los primeros años de la democracia asistí a unas jornadas sobre sociología política impartidas por Juan Linz, al que se consideraba el padre de esa moderna ciencia en nuestro país

En los primeros años de la democracia asistí a unas jornadas sobre sociología política impartidas por Juan Linz, al que se consideraba el padre de esa moderna ciencia en nuestro país. Estaba recién llegado de Estados Unidos, donde fue profesor de Ciencia Política en la Universidad de Harvard y emérito en Yale. Una de las cosas que más me interesó de lo que explicó fue la relación que existe entre la seguridad del sistema y la fluctuación de los votos, estableciendo que si ésta superaba un cinco por ciento se estaba encendiendo una luz de alerta en la estabilidad de los equilibrios políticos. Se debería referir a países donde funcionaban fórmulas de bipartidismo fuertemente consolidadas.

En la España de los primeros años de la Constitución de 1978 había una gama bastante matizada de los espectros ideológicos que coincidía con las gradaciones habituales que ofrecían los dos bloques tradicionales de izquierdas y derechas, con sus lógicas equidistancias del centro político, considerado a éste como la oposición ideal para coincidir con los deseos de la mayoría de los ciudadanos. Más tarde pareció consolidarse esta división elemental, relegando a los extremos a minorías insignificantes. Ahora hemos vuelto a lo mismo, pero se puede resumir que nada se ha alterado, porque la política de bloques sigue estando presente, pero de manera más individualizada, y materializada en una representación más sólida y numerosa, aunque de esto no hay que fiarse. Lo mismo ocurre con las opciones independentistas, que no logran alejarse mucho de esa división de preferencias que, con diversos matices, no se separa demasiado de la dicotomía habitual que nos caracteriza como pueblo. Son las dos Españas de las que hablaba Machado que nunca nos van a abandonar. Yo creo que hemos aprendido a convivir con esa situación demediada que, más tarde o más temprano, garantiza una alternancia precaria, pero alternancia, al fin y al cabo. La seguridad consiste en que los trasvases se producen en el interior de los grandes grupos ideológicos y no se aprecian saltos importantes de uno a otro. Así Ciudadanos le roba algunos votos a los populares y a los socialistas, y los independentistas de pedigrí a los Comunes y a las Candidaturas de Unidad Popular. Igual ocurre a nivel nacional, donde los de Rivera intentan depredar en las filas de Rajoy y Pedro Sánchez recuperar lo que Iglesias le quitó.

Los desplazamientos del electorado hacia diferentes espacios, considerando a estos como bloques ideológicos cerrados, no han superado jamás, aunque lo parezca, los límites que, según Linz, podrían hacer saltar las alarmas. Es como si hubiéramos pactado una guerra fría de amenazas permanentes que avala la perdurabilidad del sistema frenando los intentos revolucionarios que se vislumbran en la lejanía. Cuando estos estratos nubosos dejen de aparecer en el horizonte es el momento de alertar de un peligro inminente para la seguridad del sistema, que siempre deberá estar controlado adjudicando a cada cual la ubicación en el espectro que, de manera natural, ha elegido. En este sentido, las últimas elecciones catalanas no han supuesto una alteración importante en los equilibrios entre las diferentes alternativas. Para aquellos que intentaban frenar un crecimiento de los independentistas los resultados han sido satisfactorios, pues han visto cómo la tendencia denota una reducción paulatina de estas opciones, que ven cada vez más reducido el número de representantes en la Cámara. Para estos últimos, la revalidación de una mayoría, no sin ciertas dificultades para consolidarse, ha sido recibida como un triunfo aplastante. Nada de esto es verdad. Las cosas siguen igual y los topes que fija la moderna Sociología para hacer que se desaten los avisos de tormenta no han sido sobrepasados para ninguna de las dos opciones. Otra cosa es que las expectativas que se han generado por los medios de comunicación, en cuanto a considerar a estos comicios como un acto de trascendencia extraordinaria, han sido defraudadas, porque en realidad las cosas han ocurrido como estaba previsto que iban a ocurrir.

Los resultados están a la vista. Ahora toca hacer las quinielas sobre los distintos acuerdos para formar un gobierno, porque, aunque parezca que nos hallamos ante dos bloques cohesionados por intereses comunes, esto no es real, y existen mayores incompatibilidades entre los que parecen compartir el mismo proyecto de máximos que entre los dispares, que pueden coincidir en soluciones generales una vez que aparquen sus posiciones extremas. En Cataluña no se ha caído el mundo. Todo sigue igual, con la misma normalidad con que se desarrolla la vida en las calles, a pesar de que alguien asegure que la gente se mata en el interior de sus viviendas mientras trinchan el pavo de Navidad.

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