obituario

El maestro que nos enseñó a aprender

Un día, durante una visita al hospital, me confesó que lo primero que hizo cuando le comunicaron que padecía la enfermedad, la misma que se había llevado a su madre, a su padre y a su única hermana, fue encerrarse en el cuarto de baño. Allí lloró. Acto seguido, se secó las lágrimas, clavó su mirada en el espejo y sacó toda su fuerza interior para desafiar cara a cara a su mal: “Me podrás tumbar como a mi familia, pero no te va a ser fácil, te advierto de que voy a luchar con todas mis fuerzas”.

Y así fue. Pedro Molina derrotó al cáncer, porque su victoria fue no permitir que la enfermedad se instalara en su mente y condicionara su día a día. En las primeras semanas ingresado en el hospital, cuando ya era consciente de la batalla a vida o muerte que tenía que librar, me dijo que lo que más le preocupaba en aquel momento era darle un impulso a la romería de San Benito con algunos cambios que rondaban por su cabeza. Por eso Pedro Molina ganó todos los días, uno tras otro, durante tres años el macabro pulso que le tendió el destino. “Lo único que he querido es que nadie me trate como un enfermito de cáncer”, nos dijo una vez en una entrevista en DIARIO DE AVISOS.

Su manantial de ejemplos cargados de una sabiduría popular admirable era inagotable. Para todo tenía una respuesta impregnada de sentido común. “Hay que enseñar a aprender”, insistía una y otra vez en cada intervención pública quien dignificó como nadie la labor del hombre y la mujer del campo. Cuando oía a alguien decir despectivamente: “¿Tú crees que yo vengo de arar?”, él respondía que arar es más difícil que manejar un ordenador, y los argumentos que exponía a continuación liquidaban el debate en el primer minuto. Sus reflexiones eran lecciones propias de un sabio, aunque nunca pretendió serlo.

“Yo vivo en el campo, pero no vivo cercado ni decido salir cuando los de la ciudad están durmiendo; somos lo más parecido que hay a las personas”, ironizaba, para defender la “filosofía inmensa” de quienes habitan las zonas rurales. “Un mago piensa lo que dice y nunca dice lo que piensa”. En cierta ocasión, un periodista, tras una entrevista en la que Pedro no se sentía muy cómodo por el tono y el contenido de las preguntas, le cuestionó para terminar si creía en Dios, y su respuesta fue marca de la casa: “Eso solo le compete a Dios y a mí”. Genio y figura. Siempre daba en la diana.

Pocas personas concitan un sentimiento tan unánime en su despedida. Las inmensas muestras de cariño de estas últimas horas, el aplauso social y político generalizado, y la muchedumbre que ha acudido a darle el último adiós así lo corroboran. Eso debe ser triunfar en la vida. Puedes dormir tranquilo, amigo.

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