tribuna

Realidad virtual

Los hombres siempre hemos dudado de si lo que vemos es lo real o se trata simplemente de una apariencia. Ya Platón decía que lo que observamos son las sombras que proyecta la llamarada de una hoguera en las paredes de la caverna

Los hombres siempre hemos dudado de si lo que vemos es lo real o se trata simplemente de una apariencia. Ya Platón decía que lo que observamos son las sombras que proyecta la llamarada de una hoguera en las paredes de la caverna. Anaxágoras nos hablaba de homeomerías, partículas elementales e indivisibles, y Leibniz, el padre del cálculo infinitesimal, nos vuelve a introducir en el concepto clásico de las mónadas, para definir unidades mínimas que llenan todos los huecos de una serie infinita.

La física moderna no hace otra cosa que comprobar aquello que decían los filósofos antiguos, definiendo una materia que aparenta ser densa y consistente, pero que en realidad es una réplica del Universo, formado por estrellas cuyas distancias insalvables son equivalentes a las que hay entre los núcleos atómicos y los electrones que giran a su alrededor a una velocidad vertiginosa. Es esta energía fantástica la que nos hace ver como reales a las cosas que nos rodean y a nosotros mismos. Incluso los pensamientos que nos hacen imaginar tales cosas se fabrican y ordenan en función de estructuras neuronales que se alimentan de la misma fuente vital que muestra su evidencia a través de un aspecto fingido.

La vida, lo que consideramos real sin ponerlo en duda, marcha adelante sin tener en cuenta estos aspectos de su concepto más profundo. No le es necesario, aunque sepamos que no funciona así. Es lo que valoramos como la normalidad. Por lo tanto, lo que estimamos virtual, a pesar de ser verdad, es sólo una entelequia que, en el sentido práctico de las cosas, nos conduce a la confusión. La Ciencia ha sido capaz de canalizar emisiones de partículas, desmenuzar el componente de las imágenes reales y trasladarlas a lugares inverosímiles para ser apreciadas virtualmente por un observador real que se encuentra a gran distancia de donde se producen los hechos. A veces dudamos también de la consistencia real de ese observador. A ese mundo desmenuzado y reconstruido en una pantalla es a lo que llamamos ficción, un concepto que nos ha invadido de tal manera que llegamos a equipararlo con lo factible. Como nuestro cerebro está informado por las impresiones sensoriales que percibimos también está alimentado por la apariencia ficticia de las cosas y, por tanto, hemos pasado a fabricar pensamientos y a elaborar razonamientos virtuales con toda naturalidad. La comunicación política, es decir, el traslado de las ideas a otras mentes que ha pasado a utilizar métodos irreales, los mensajes que recibimos de los demás y hasta lo afectos establecidos con personas imaginarias también gozan de esa cualidad incomprensible. Hemos entrado de lleno en la era de la virtualidad sin apenas darnos cuenta. De momento nuestras leyes no son virtuales. Cuando lo sean, también lo serán las penas que resulten de su aplicación, y la condena y el arrepentimiento pasarán a ser virtuales como es el sacramento de la confesión que se ha convertido en un ejercicio colectivo de virtualidad individual. Podremos delinquir virtualmente y ser encerrados en prisiones virtuales.

Por todas estas consideraciones estimo que el señor Puigdemont es un adelantado en la aplicación de las realidades modernas que emparentan a la realidad con la ficción pasando a ser la misma cosa. Quiere investirse virtualmente como presidente de una Comunidad de la que se encuentra ausente y yo encuentro que no puede haber un acto de modernidad más rabiosa. La dificultad es que la imagen teledirigida, o el holograma, necesitan de la desintegración material de la composición física del individuo para ser reconstruida, en toda su estructura a unos miles de kilómetros de distancia. Es caso contrario se produciría una duplicidad insoportable, pues habría dos realidades de la misma persona y eso la Física, por el momento, no lo admite como factible. Si esto fuera posible el principio de representación democrática se llevaría a cabo con un solo individuo, clonando posteriormente a todos los miembros de la Cámara. Estaríamos descubriendo entonces la definición más pura de la Dictadura.

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