
Por José G. Rodríguez Escudero
En el Palacio de la Municipalidad de Amberes se conservan dos esculturas muy parecidas a aquéllas, a diferencia de que su factura responde más claramente a esquemas góticos, mientras que las palmeras denotan una cierta influencia renacentista; existe otro calvario flamenco muy similar en el museo parisino del Louvre, aunque éste se aproxima más al estilo medieval. Trabajadas las tres en madera policromada y estofada, por autor o autores anónimos, configuran el Calvario flamenco más relevante de España. El Cristo fue restaurado en 1885 por el afamado artista palmero Aurelio Carmona López, percibiendo treinta pesetas por su trabajo, incluidos los materiales.
El Crucificado pende de una cruz dorada, cuya anatomía descarnada del esbelto cuerpo adopta el tipo iconográfico del Cristo de Los Mulatos de la Parroquia Matriz de El Salvador, si bien arquea la cabeza y la reclina sobre el hombro derecho. En este caso el cuerpo ya pesa y se desploma en la cruz, arqueándose con las rodillas juntas y las piernas flexionadas para clavar los pies superpuestos. Los brazos permanecen extendidos oblicuamente. Parece una versión tardía del tipo de Crucificado gótico que Rogier van der Weyden interpretara en su tabla del Calvario perteneciente al Real Monasterio del Escorial, en Madrid. Su enjuto rostro barbado tiene una expresión agónica y muestra unas correctas facciones y la frente y cejas fruncidas. Presenta una muy conseguida rigidez de la muerte. Los ojos están entornados con repliegues bajo los párpados inferiores.
Las mejillas salientes y la boca entreabierta, dejando apreciar unos blancos dientes. Sus miembros son huesudos con tensa musculatura; la minuciosidad del tallado de su barba y cabellera; la reproducción de las venas y los desgarros producidos por las heridas; las manos y los pies agarrotados; los fláccidos deltoides; el tórax surcado por los resaltes costales y, en general, un cuidadoso estudio de su anatomía produciendo un gran realismo; impresiona también el magnífico trenzado de la corona de espinas y un reguero importante de sangre muy roja que resbala por todo el cuerpo, aportando mayor dramatismo a la escena. El esmerado tratamiento del fino perizonium o lienzo de pureza anudado lateralmente y doblado en múltiples pliegues revueltos y angulosos, cuyas puntas caen escalonadamente desde la cadera izquierda. La suavidad de su modelado y la esbeltez de las proporciones nos permiten datarlo en torno al segundo tercio del siglo XVI, como las imágenes que lo flanquean componiendo la imagen del Monte Gólgota y con las que fue importado de los Países Bajos meridionales. El retablovitrina del Santísimo Cristo del Amparo data de hacia 1757 y es obra del maestro Bartolomé Felipe Calderón. El nicho fue dorado y pintado por Cayetano González Guanche (1739-1798), aunque el dorado del retablo no se completó hasta finales del mismo siglo. Su gemelo de la Epístola, consagrado a la Virgen del Buen Viaje -ejecutado posiblemente por el mismo maestro-, se mandó hacer, en correspondencia con el del Cristo, en 1757, fecha en la que el mayordomo de la iglesia ya tenía la madera dispuesta. Su hechura costó 633 reales, “en madera, clavos, engrudo, excepto el llevarlo de esta ciudad que fue de limosna”.
Debida a su destacada calidad, las tres tallas han sido restauradas por la empresa Pablo Amador Restauraciones, S.L.L. Esta intervención fue sufragada por la Dirección General de Cultura del Gobierno de Canarias, como resultado del acuerdo establecido entre el propio Gobierno canario y el Real Santuario, para que las piezas formasen parte de la excepcional exposición celebrada en 2001 titulada Arte en Canarias, siglos XV-XIX, una mirada retrospectiva. En dicha restauración se eliminaron los deterioros estructurales, sobre todos los encontrados en el Crucificado, así como la limpieza global de las imágenes, restitución de los motivos ornamentales desgastados o perdidos, la reintegración de las lagunas de policromía, etc.
Este magnífico Calvario desfila procesionalmente en torno al Santuario todos los años, después de las solemnidades intramuros de la tarde del Viernes Santo. Es un momento mágico. Cuando la claridad del sol incide en la fabulosa policromía, todos los asistentes pueden apreciar en todo su esplendor este legado histórico-artístico religioso, único, orgullo de toda una comunidad.
El Calvario del Amparo. Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves (I)
El Calvario del Amparo. Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves (II)





