La Iglesia -al menos la tinerfeña-debería hacer examen de conciencia sobre las boberías, las obviedades y las infantiladas contenidas en los sermones que acompañan a las misas desde los púlpitos y altares de nuestros templos. Parece, en muchas ocasiones, que los sacerdotes están hablando para retrasados mentales, en vez de para los creyentes que buscan respuestas a sus dudas, consuelo a su dolor y apoyo a su depauperada moral. He escuchado sermones funerarios de un vacío tan profundo que me asustan, porque el cura no se ha molestado siquiera en conocer un poquito al finado. Los deudos van a la sacristía, pagan lo que tienen que pagar y asisten a una misa impersonal, sin que el sacerdote se haya preparado mínimamente para consolar a los que se quedan aquí. En contra de lo que puedan suponer los lectores, esta no es una crítica ácida. Soy de los que colocan la cruz en el casillero de la Iglesia en mi declaración de la renta; soy el que ha ponderado una y mil veces la labor de Cáritas; soy oyente contumaz de la COPE. Es decir, que no me considero nada sospechoso, sino todo lo contrario. Pero, coño, que mi buen amigo el obispo ordene a los curas que se preparen sus pláticas, que las escriban en un folio, que estudien, que no improvisen y que se lleven por el papa Francisco, que ese sí que sabe y es un pontífice progresista y con ganas de cambiar las cosas en una Iglesia que se ha quedado vieja y que parece que ha vuelto a Trento. Hay una crisis espantosa de vocaciones sacerdotales, según nos cuenta el cardenal Blázquez. Búsquenlas en las universidades, en personas formadas que crean y que lo transmitan bien. Y cambien las boberías que se aprenden en los seminarios, que se han quedado con el padre Ripalda.
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