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Mujeres y hombres

Estando en Nueva York, el gran Julio Camba, que es el germen periodístico de Umbral y hasta, modestamente, el mío, citando a un innombrado amigo, escribía que “los americanos se vanaglorian de haber libertado a la mujer y, en realidad, la han libertado; pero para libertar a la mujer han esclavizado al hombre. Han invertido los términos, lo cual no es solucionar nada. Si la esclavitud de la mujer en algunos pueblos de Europa constituye una vergüenza, no es menos vergonzosa la esclavitud de los hombres en los Estados Unidos”. Claro que esto ocurría en la década comprendida entre los años 20 y 30 del siglo XX, que es cuando Camba residió mucho tiempo en aquel país, como corresponsal de varios periódicos. Agradezco el tedio de la Semana Santa porque me ha permitido pasarme cinco días leyendo sin parar, entre otros a este excepcional cronista. Yo tengo que decir que el feminismo me espanta tanto como el machismo, que detesto, y las feministas de tres al cuarto, aún me espantan más. No, por supuesto, quienes luchan con inteligencia y denuedo por la igualdad, de la que en nuestro país no creo que se pueda quejar nadie porque se ha conseguido. Camba decía, irónicamente, que “en los Estados Unidos a la mujer se le mira como a una diosa, con muchísimo respeto, aunque es mejor no mirarla, porque puede llamar a un guardia y hacerle detener a uno”. Admiro los movimientos feministas de verdad y detesto los baratos, los que se quieren cargar el género epiceno en el lenguaje y a los políticos que creen que con la reiteración de la diferencia están poniendo una pica en Flandes y ganándose los votos de las mujeres. Las mujeres son mucho más inteligentes de lo que creen esos políticos, tan tenaces como aburridos.

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