el charco hondo

La utilidad de las emociones

Que las emociones se movilicen, llenen las plazas, colapsen las opiniones, invadan ámbitos familiares o espacios profesionales

Que las emociones se movilicen, llenen las plazas, colapsen las opiniones, invadan ámbitos familiares o espacios profesionales, exijan respuestas a los partidos y sacudan al conjunto de la sociedad es una señal de que este país sigue sintiendo, latiendo, indignándose, pensando por sí mismo, echándose a la calle sin esperar a que el sindicalismo, la política u otros agentes en retroceso lo convoque; que así ocurra es saludable, pero insuficiente. Las emociones constituyen una energía que no puede ni debe limitarse a una sucesión de impulsos. Si esa fuerza se agota en unos días o semanas caerá en el vacío de la inutilidad. No lo reduzcamos a cargar contra unos jueces. No pretendamos girar así las cosas. Centrémonos en cambiar el marco. Volquémonos en la exigencia de los cambios legales que son necesarios para cortar el paso a interpretaciones blandas, insultantes e injustas de la ley. No dejemos que los partidos hagan lo que mejor saben hacer: ganar tiempo perdiéndolo, escapar de puntillas de la tormenta, esperar a que escampe. No permitamos que lo que ha pasado termine sin una modificación del Código Penal. Las emociones no pueden consumir el recorrido. Su utilidad pasa por garantizar que ayudarán a emprender un camino que tiene que acabar, sí o sí, en una legislación que no admita interpretaciones y sentencias que trasladan al menos dos mensajes a la sociedad, a cual peor. De una parte, dejan en el aire la brutal idea de que solo habrá una lectura correcta de lo ocurrido para quienes se defiendan de los bárbaros asomándose al umbral de la muerte; y, de otra, siembran que, con esta ley, dar el paso y denunciar lejos de ser un derecho fundamental es solo una opción que, visto lo visto, la víctima debe valorar o medir. Los de la manada han sido condenados. La sentencia es recurrible. La ley se ha cumplido. Hay ordenamiento jurídico. No pongamos en duda lo que no admite dudas. No permitamos que culpabilicen a todas las mujeres, ni que criminalicen a todos los hombres. Las emociones no deben agotarse en una sentencia o en unos jueces concretos, sino en reformar lo que haga falta para que abuso y violación sean perfectamente distinguibles; y en promover una revolución, educativa y cultural, que entierre una sociedad donde una manada de monstruos presume en las redes de su monstruosidad y al otro lado otros monstruos, colegas aberrantes, los jalean y se parten de risa.

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