La reestructuración de la biblioteca me ha acarreado un doloroso lumbago, que me ha tenido en cama, más dolorido que entusiasmado. La inactividad, forzada, me ha servido para leer -no los he terminado- los textos cautivos de Borges, publicados entre 1936 y 1939. Quien quiera escribir medianamente bien tiene que leer a Borges, para después citarlo. La erudición de este hombre desborda todo lo imaginable y no digamos su cultura y sus lecturas. La lumbalgia ha sido esta vez más cultural, gracias a él y a un ensayo sobre los cuentos de Azorín, que estaba en la biblioteca, pero un tanto oculto, sin que yo me diera por enterado. Di por terminada la lumbalgia haciendo un esfuerzo por levantarme para asistir a una agradable fiesta familiar y ahora afronto el puente con intranquilidad porque me ha llegado un aviso de una carta negra de una de las agencias tributarias que nos atormentan. No la he ido a recoger en el momento en que escribo, pero esas cartas, tan negras como su propia suerte, no traen nunca nada bueno. Esta semana no trabaja nadie, así que será para la mayoría una semana alegre, menos para los que recibimos los tenebrosos sobres, más propios de la correspondencia de Drácula, es decir, del señor Montoro. Como yo huyo de las multitudes, les acerco una frase del conde de Sajonia, que saca a relucir Borges en uno de sus textos cautivos: “Las muchedumbres no son más que un estorbo”. Y no le falta razón al autor. Las muchedumbres me dejan extenuado y empiezo, con ellas, a adorar la soledad. En fin, son estas las disquisiciones de un hombre solo, en una noche en la que se escuchan desde mi casa las olas del mar. Y esto también se agradece.
Un lumbago
La reestructuración de la biblioteca me ha acarreado un doloroso lumbago, que me ha tenido en cama, más dolorido que entusiasmado
