Por qué no me callo

El Aquarius de las personas y la política de las palabras

El ofrecimiento de Sánchez al Aquarius, el barco humanitario que rescató en el Mediterráneo a más de 600 refugiados e inmigrantes, conmocionó ayer en la fría Unión Europea

El ofrecimiento de Sánchez al Aquarius, el barco humanitario que rescató en el Mediterráneo a más de 600 refugiados e inmigrantes, conmocionó ayer en la fría Unión Europea, que da la espalda al fenómeno social de este siglo espoleada por la irrupción y auge de movimientos xenófobos que han terminado por adueñarse de gobiernos influyentes del continente. El gesto del gabinete de crisis socialista español (producto de una emergencia política nacional), a tenor de los pronunciamientos de ministros como Borrell (Asuntos Exteriores), tiene una evidente simbología bajo ese estado de la cuestión. El barco socorrista no está en condiciones de cubrir la travesía de tres días hasta Valencia, como exige la mano tendida por España; de ahí que con toda probabilidad termine constituyendo más una señal de intenciones, que una política de hechos consumados. La política de la palabra. Pero el giro que adopta España en esta espinosa discusión permite concebir ciertas expectativas de debate en el próximo Consejo Europeo.

La voluntad solidaria de España, bajo el talante del nuevo Gobierno, inaugura una corriente de opinión en el seno de la UE, tras el ímpetu y descaro de las posiciones más conservadoras frente al éxodo humano de los países en conflicto que generan esta diáspora. Europa se había encerrado en sí misma, pecando de lo que ahora culpa a Trump. Y en ese solipsismo supremacista de tribu mayor del club de Bruselas, la política migratoria se ha reducido a la nada. En Alemania, la democristiana Angela Merkel nos resultó una dirigente progresista en su reciente campaña electoral. La canciller no secundó los dictados de las fuerzas ultras de su país y abogó por flexibilizar la recepción de foráneos, en línea con los esfuerzos de Obama frente al inmigrante y, más aún, respecto a los descendientes de familias latinas, los dreamers.

El espíritu de Merkel, que, en cierta forma, queda reflejado en la foto viral de la cumbre del G-7 (la de Trump sentado y de brazos cruzados con cara de niño enfadado ante la reprimenda gestual de la canciller, seria y de pie en actitud desafiante), se emparenta con este mensaje de Sánchez a sus socios comunitarios ante la próxima cumbre. Con los refugiados hay que hacer algo, o se es corresponsable de la suerte que corran miles de seres abandonados en las aguas turbias del destierro y la muerte.

No es un problema del Mediterráneo exclusivamente. Los españoles tuvieron conciencia de este grave contencioso demográfico a través de los flujos africanos que eligieron Canarias en la pasada década como puerto de entrada al Primer Mundo. España, entonces era la de Zapatero, ensayó, por primera vez, una política para África, y encargó al ministro de Trabajo y Asuntos Sociales Jesús Caldera la ejecución de planes de inserción en origen. Fueron los años en que Senegal explotó en la cara de Canarias como un volcán. Recuerdo hablar con el cantante y luego ministro Youssou N’Dour de la tragedia de los jóvenes de su país que perdían la vida cruzando el charco en cayucos entre su orilla y la nuestra. Él abanderó una campaña de mentalización de las madres senegalesas para poner fin al drama de toda una generación. Se prendió un fuego y se aprendió a apagarlo en los países emisores. Más tarde Senegal recuperó el pulso de su economía y llegó a subvencionar alguna iniciativa científica de Canarias, cuando la crisis golpeó duro a España por los cuatro costados. Amor con amor se paga, cantaba José Martí.

El Aquarius no podrá llegar a España, pero las palabras pueden detener una catástrofe humanitaria.