Siempre he tenido la duda de si los escritores salen en la tele por vender libros o venden libros por salir en la tele. Lo que tengo claro es que los grandes grupos editoriales, en igualdad de oportunidades, a la hora de elegir la publicación de obras de un autor novel prefieren al que tenga un mayor nivel de conocimiento (no de conocimientos) que al que viene equipado solamente con la humildad de su creación literaria. Al fin y al cabo, con esta técnica se ahorran buena parte de la promoción. Hoy proliferan los presentadores de televisión que nada más llegar a las pantallas aprovechan para presentar la novela que siempre llevan debajo del brazo. Los que no tienen la más mínima capacidad para escribir siempre encuentran un “negro” dispuesto a fabricarle sus memorias. Así podemos ver cómo el famoseo que proporciona ser el heraldo de la crónica social está íntimamente ligado con el universo de las publicaciones. Todo ello me hace sospechar que existe otra vía para la cultura que está relacionada con lo pseudocultural.
No digo que sea bueno ni malo. Es una prueba más de que el marketing ha llegado a invadir territorios que antes estaban destinados a la intimidad, a lograr la comunicación directa con el lector sin necesidad de ayudas ni intermediaciones. Me asusta que estas nuevas modas puedan reconocerse de tal manera que representen a la política cultural de todo un país. En política es frecuente meter en las listas a personas que son sondeadas por su fama (su nivel de conocimiento) más que por sus capacidades. Así vemos cómo se incrustan personajes que, según dicen, tiran con mayor facilidad por ciertos sectores del electorado. Encontramos en todos los partidos, a individuos como Felisuco, Tony Cantó, Isabel Rábago, la comandanta Zaida y tantos y tantos otros que adornan las candidaturas con el único objetivo de arrastrar unos cuantos votos de escasa calidad. No voy a discutir que se aprovechen oportunidades como estas; lo que sí encuentro un error es el utilizar a uno de estos jarrones decorativos para colocarlo al frente de una responsabilidad política, porque entonces parece que tiñen su gestión del estilo frívolo que les llevó al estrellato.
No he leído nada del nuevo ministro de Cultura, pero sí conozco su trayectoria y lo he visto por los platós hablando de sus libros en un descanso de la crónica rosa. No me parece la mejor manera de representar a la cultura. Y si además dice despreciar al deporte
-como es obligación en cualquier progre cultureta-, no entiendo cómo comparte su gestión en un sector tan saludable como este. El Gobierno nombrado por el presidente Pedro Sánchez es de una extraordinaria calidad. Ha sorprendido a todos por el equilibrio, la mesura, la capacidad, la vocación europeísta y la determinación constitucionalista. Un diez. Lamentablemente, igual que siempre, se ha considerado a la cultura una maría dentro del Consejo de ministros y ministras. Una cosa es esta minusvaloración en el conjunto de responsabilidades y de necesidades del Estado y otra es colocar a un florero: la guinda rojo chillón sobre una perfecta tarta de nata. Da la impresión de que hemos oficializado las malas artes de la peor representación del ambiente cultural.
