cartas desde parís

Amargos empates españoles

¡Mójate por España! Eso me escribió Carmelo Rivero desde su wasap. Me quedé perplejo: ¿de dónde le sobreviene al ilustre premio canario este fervor patriótico? ¿No era ya alguien animado por la doble militancia Perú-España que adorna su carácter familiar a ser una especie de apátrida de los sentimientos, o al menos uno que lo ...read more →

¡Mójate por España!

Eso me escribió Carmelo Rivero desde su wasap.

Me quedé perplejo: ¿de dónde le sobreviene al ilustre premio canario este fervor patriótico? ¿No era ya alguien animado por la doble militancia Perú-España que adorna su carácter familiar a ser una especie de apátrida de los sentimientos, o al menos uno que lo mismo quiere a Perú que quiere a su patria natal? Pero, pensé además, ¿no tiene por encima de España a su Canarias de toda la vida? ¿O es que los vaivenes actuales de la política española lo han llevado a olvidarse de su patria chica y abraza aspiraciones profesionales y éticas de otro tipo, ahora que a los canarios les abaratan los billetes por guiños de la Moncloa? Todas esas cosas pensé hasta que me di cuenta de que, eliminado Perú, él apostaba por España… en el ámbito futbolístico mundial. Por línea directa le había dicho, para alegrarle el oído, que Perú estaba jugando en Rusia con más entusiasmo, menos azar y más sentido común que España.

Pero, eliminado Perú, es lo que colegí por su mensaje imperativo, él me aconsejaba que apostara por España. Pero, ¿para qué? España fue, desde antes de que comenzara el campeonato, una sombra de lo que fue; sin entusiasmo, sin amor a lo que estaban haciendo, sus jugadores pensaban más en el porvenir suyo y de sus clubes que en la selección propiamente dicha. El símbolo de todo ello fue la terrible negligencia ética de su seleccionador, Julen Lopetegui, que abandonó el barco dos días antes de que se iniciaran los partidos, para abrazar a uno de los grandes sátrapas del balompié patrio, Florentino Pérez, capaz además de llorar lágrimas de cocodrilo para culpar a otros de su intromisión en el destino del combinado español.

Con esas armas y con esos bagajes, ¿cómo quería Carmelo que yo apostara por España, vencida antes de salir al campo, protagonista prácticamente sólo de tres empates amargos que no sirvieron al cabo sino para devolver a los futbolistas a la prolongación de sus vacaciones?

Le dije a Carmelo:

-Vencido Perú, inexistente España, mi apuesta es Francia.

Él me mandó un mensaje que algún día le devolveré con pan:

-Siempre te gustó más el queso francés.