Quiso el destino que el último día de campaña de las primarias del PP coincidiera con mi visita al castillo de Chenonceau, construido a modo de deslumbrante puente sobre el Loira y entregado, como prenda de encandilamiento, por Enrique II a su amante, Diana de Poitiers, veinte años mayor que él. Macron no fue, pues, el primer líder francés en arrojarse “en brazos de la mujer madura”.
Se da la circunstancia de que Chenonceau fue rebautizado como “el castillo de las damas”. Entre otras razones porque, tras la muerte del rey, víctima de una lanzada en el ojo tan inesperada y fulminante como la moción de censura que acabó con Rajoy, su viuda Catalina de Medicis libró una batalla implacable hasta conseguir que Diana lo devolviera a la Corona.
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