MIS QUERIDOS AMIGOS Y ENEMIGOS

Cuando los ministros de Franco venían a Canarias

Manuel Fraga, Alfredo Sánchez Bella y León Herrera ayudaron mucho a empresarios tinerfeños a través del llamado crédito hotelero, una financiación barata para la construcción de hoteles

Sánchez Bella, en el hotel Taoro. De izquierda                  a  derecha, el alcalde portuense Felipe Machado; el gobernador civil, Elorriaga; el ministro; el delegado de Turismo, Delgado Aranda; Opelio Rodríguez y Ángel Piñeiro. DA
Sánchez Bella, en el hotel Taoro. De izquierda a derecha, el alcalde portuense Felipe Machado; el gobernador civil, Elorriaga; el ministro; el delegado de Turismo, Delgado Aranda; Opelio Rodríguez y Ángel Piñeiro. DA

En mis primeros años de reportero, incluso antes, siendo todavía un niño, eso sí, muy observador, me llamaba mucho la atención la forma tan rápida en que se bajaban de sus coches los ministros de Franco. Parecía que siempre tenían prisa. Y luego resulta que era todo lo contrario, disponían de todo el tiempo del mundo. Por aquí venían mucho Manuel Fraga Iribarne, ministro del ramo, como se decía antes (el ramo, en este caso, era Información y Turismo), y uno de sus sucesores, Alfredo Sánchez Bella, que era miembro del Opus Dei y a quien Franco ponderaba mucho, al menos en las conversaciones con su primo Pacón, que éste llevó luego a un libro, que ha sido citado anteriormente en estas crónicas.

La verdad es que los dos hicieron mucho por la isla tinerfeña, sobre todo en los primeros tiempos del turismo en el Puerto de la Cruz. Y también León Herrera Esteban, que era la mano derecha de Fraga y años más tarde ocupó su ministerio. Mi primer título de periodista, expedido por la Escuela Oficial de Periodismo, está firmado por León Herrera, como titular de Información. Estos ministros ayudaron mucho a empresarios tinerfeños, concediéndoles el llamado crédito hotelero, una financiación barata para la construcción de hoteles turísticos.

He encontrado una fotografía curiosa, de Baeza, de una de estas visitas. Está tomada probablemente en el hotel Taoro del Puerto de la Cruz, y en ella se pueden ver a personajes de relevancia en la época, como el alcalde portuense Felipe Machado González de Chaves; el gobernador civil, Gabriel Elorriaga Fernández; el delegado de Información y Turismo, Manuel Delgado Aranda (que pretendió, afortunadamente sin éxito, que tuviéramos la misma hora que en la Península); el entonces subdelegado de Información y Turismo, Opelio Rodríguez Peña, gran amigo que fue de quien esto escribe; el empresario tinerfeño, propietario de los hoteles Las Vegas y Los Gigantes, Ángel Piñeiro Acosta, y el entonces director del Taoro, Adolfo Mathias Gil. En el centro de la gráfica, Alfredo Sánchez Bella, a la sazón ministro del ramo.

Teniendo en cuenta que Alfredo Sánchez Bella, que también ocupó cargos en diversas embajadas (embajador en República Dominicana, Colombia e Italia), fue ministro entre 1969 y 1973, pues entonces la foto data de esos años. Sus visitas a la isla fueron frecuentes. Fue Sánchez Bella el encargado de aplicar la Ley de Prensa de Fraga, aunque, según algunos cronistas e historiadores, de forma más restrictiva que el ministro gallego. Le sustituyó Fernando de Liñán y el ministro pasó a ocupar la presidencia del Banco Hipotecario.

Andrés Chaves, en el estadio Maracaná. Tuvo suerte. DA
Andrés Chaves, en el estadio Maracaná. Tuvo suerte. DA

Es una pena que el hotel en el que está tomada la foto, el Taoro, no siga siendo ni hotel, ni casino. Desde que el Cabildo tinerfeño tomó la mala decisión de trasladar el casino de juego al Lago de Martiánez, los sucesivos intentos por licitar el hotel han fracasado. El edificio, que fue destruido por dos incendios y reconstruido, pertenece al organismo insular.

En el estadio de Maracaná

Demos un salto en el tiempo, pero hacia adelante. En los 80, durante uno de mis viajes a Brasil, acudí a un partido de fútbol al estadio de Maracaná, uno de los más famosos del mundo. Aquello era todo inmenso, hasta los bares. Disponía de unos palcos privados muy bonitos, que contaban con restaurantes, también privados. Había sido modernizado o reconstruido. El estadio tiene ahora unos 70 años, se han jugado en él todo tipo de partidos inolvidables, entre ellos la final de la Copa del Mundo, cuando Uruguay le ganó 2-1 a Brasil, en aquel encuentro que pasó a la historia como El Maracanazo.

En un principio cabían en él unas 200.000 personas, luego se redujo su capacidad, en aras de la seguridad, a unas 150.000. Es decir, el doble del estadio Santiago Bernabéu. Realmente Maracaná impresiona, pero a mí me llamó la atención una cosa entre aquella locura. Por cierto, el famoso gol de Zarra a Inglaterra se produjo allí, en un Mundial.

No fue el recuerdo del gol lo que me llamó la atención. Era costumbre, no sé si lo sigue siendo, que los que ocupaban un anfiteatro popular superior mearan a los que se encontraban en el anfiteatro inferior. Algunos espectadores, para librarse de la micción, iban armados de paraguas, con los que también se defendían o atacaban, según los casos, a las aficiones rivales. Yo no lo quería creer hasta que lo vi con mis propios ojos. Una de las personas que me acompañó a ver un partido en Maracaná fue Manuel Luis Medina, el Minuto, el popular músico ya fallecido. He encontrado una fotografía mía en Maracaná, casi a ras de campo, aunque afortunadamente no tuve que soportar lluvia dorada alguna. Ya había sido advertido de la posibilidad y el Minuto y yo nos refugiamos en una zona de palcos, de lo más cómoda. Ver el estadio y aquel ambientazo fue toda una experiencia. Mi frágil memoria no recuerda cuáles eran los equipos que entonces se enfrentaban. He intentado buscar algún apunte al respecto, pero no lo he encontrado.

Río de Janeiro es una ciudad preciosa, inquietante. Ahí los policías lo son de día y por la tarde, tras el cambio de turno, atracan bancos. Es una ciudad peligrosa, si no se sabe por dónde se transita. En aquellos tiempos me parecía muy barata la vida y creo que ahora también lo sigue siendo. He estado varias veces en Río de Janeiro y alguna vez lo he contado aquí. Antes yo viajaba mucho y ahora nada. Los tiempos cambian, uno cumple años y el poder adquisitivo mengua con los años, porque ya no trabajo sino que recuerdo. Y los recuerdos no te producen ingresos, sino satisfacciones.

El día que conocí a José Antonio Rial

Estando en Caracas, ciudad a la que he viajado más de 60 veces, un día le pedí al publicista y radiofonista Mauricio Gómez-Leal, granadino pero tinerfeño de adopción -fue director de Radio Juventud de Canarias-, afincado en Venezuela entonces y hasta su muerte, que me presentara a José Antonio Rial.
Rial, que había sido redactor-jefe del diario caraqueño El Universal, es el autor, entre otras obras de narrativa y de teatro relevantes, de La Prisión de Fyffes, una obra biográfica fundamental a la hora de estudiar la guerra civil en Canarias. Yo le prologué después otro libro suyo y el me prologó uno mío.

Rial, andando el tiempo, fue premiado con la Medalla de Oro de Canarias, ya muy mayor. Falleció hace años. Estuve varias veces en su Quinta Ítaca, en Caracas, junto a su esposa. Recuerdo sobre todo dos veces, una en compañía de Arturo Trujillo, compañero en los medios de comunicación, y otra de Juan-Manuel García Ramos. Hablamos de muchas cosas, entendía Rial muy bien el país en el que vivió tantos años, primero exiliado, cuando logró salir de la cárcel de Fyffes, en Santa Cruz, en la que fue internado por el franquismo a causa de sus ideas republicanas.

El día en que lo conocí los invité a Mauricio y a él al famoso restaurante Le Gourmet, en el hotel Tamanaco, donde yo me hospedaba en mis primeras visitas a Caracas. Fue una reunión muy agradable.

Chaves, José Antonio Rial y Mauricio Gómez-Leal, en el hotel Tamanaco. DA
Chaves, José Antonio Rial y Mauricio Gómez-Leal, en el hotel Tamanaco. DA

Rial no odiaba a nadie, ni siquiera a los que lo metieron en prisión. Fue muy explícito cuando narró sus experiencias en Fyffes, a la hora de catalogar la barbarie de sus carceleros y los miedos y sufrimientos de sus compañeros de internamiento en un viejo almacén situado muy cerca del estadio de la capital tinerfeña.

Me llevé muy bien con José Antonio Rial hasta que La Gaceta de Canarias dejó de pagarle unas colaboraciones. Entonces se calentó conmigo, porque yo era el director del periódico, pero no manejaba sus posibles, o mejor dicho, sus imposibles. Sí hice lo posible -la repetición es intencionada- para que al hombre, que no andaba muy boyante, le llegaran las perras de los artículos, pero es que La Gaceta estaba boquiando. Entonces dejó de hablarme y me puso como un zapato, seguramente con razón. Pero lo admiré mucho y era un gran periodista y un gran novelista.

Lo ayudé mucho y el Gobierno de Canarias lo invitó, a instancias mías, para que presenciara el estreno de una obra teatral suya, en el Teatro Leal de La Laguna. Con todos los gastos pagados en el Mencey, viaje, etcétera, para él y su esposa, Clorinda. Y los acompañé a ambos hasta la isla de Lobos (donde pasó su infancia, porque su padre era el torrero de aquel faro) para protagonizar un reportaje de Televisión Española, me parece que dirigido por mi compañero Luis Ortega. Pero, coño, el hombre no me perdonó lo de La Gaceta. Rial llegó a representar una obra suya en un teatro de Broadway. No era un autor cualquiera.

En fin, son pequeñas memorias que traslado a ustedes cada domingo, refrescando mis propios recuerdos y sacando a la luz fotografías que permanecen celosamente guardados en mis álbumes. Poseo verdaderas curiosidades, que ustedes irán conociendo poco a poco.

Salto de un tema a otro, en un afán de dar un poco de amenidad a estos comentarios retrospectivos. Los años setenta y ochenta, y hasta los noventa, fueron muy ricos para mí en experiencias profesionales de todo tipo y, sobre todo, entretenidos en cuanto a que hice muchos viajes a medio mundo.