TRIBUNA

Del cielo de La Palma a la cueva de Tham Luang

Uno de los tópicos que señalan al buen isleño es la hospitalidad -tan ponderada en los recetarios turísticos-, la actitud de recibir y complacer a los huéspedes

Uno de los tópicos que señalan al buen isleño es la hospitalidad -tan ponderada en los recetarios turísticos-, la actitud de recibir y complacer a los huéspedes. Una cualidad que tiene sus inconveniencias y que en el continente es menos común. Hay una satisfacción personal -hasta cierto punto aduladora- en el acto de acoger a visitantes renombrados, como parte de una manera agradecida de ser. Nos complace cultivar esa admiración reverencial hacia grandes visitantes foráneos (y a veces no tan foráneos, pues al paisano que se fue y vuelve esporádicamente también le aplicamos el protocolo), una tradición nada atávica -el aborigen no celebraba el encuentro por regla general-, que se fue consolidando y ahora comienza a remitir. Es bien cierto que nos hemos beneficiado del cruce de culturas que ello significa.

Nada más natural que dar la bienvenida y atender como se merece a aquellas personas y personalidades de fuera que nos tienen en cuenta. Vienen a vernos, qué bien, gracias. En las ciudades continentales, como digo, es un fenómeno menor, esa clase de cortesías no abunda y los excursionistas, por razones obvias, pasan desapercibidos. En nuestro pequeño mundo insular, el recién llegado sigue siendo noticia. Y creo que nunca deberíamos perder esa buena costumbre de hacer sentir afortunado al visitante en nuestro presumible paraíso, aunque el mito nos condene y en ocasiones obre en contra de nuestros intereses. Fin del exordio.

En realidad, hoy yo no iba a hablar de esto, sino, acaso, colateralmente. Mi tema, es cierto, tenía que ver con viajeros y viajes, con islas y continentes, y pretendía, además, dedicar unas líneas a los niños de la cueva tailandesa que nos parten el alma estos días mientras se descubre la manera de evacuarlos con vida. Todo está unido por el hilo de la imaginación. Julio Verne era capaz de viajar a los más remotos confines sin moverse del escritorio -además de hacerlo de verdad en sus barcos muy a menudo- llevado de ella, la imaginación. Así, concibió una serie prodigiosa de Viajes extraordinarios, y nos dejó novelas premonitorias como De la Tierra a la Luna. En su escalada a las cumbres del Roque de los Muchachos a ver la estrellas, el Nobel peruano Mario Vargas Llosa afirmaba el otro día haberse sentido como “un astronauta que se pasea por el cielo rugoso de la Luna, entre cráteres gigantescos”, no sé si alertado de que en esa misma cresta de la isla, y dentro del mismo gran telescopio considerado el mayor del mundo, estuvo antes el primer hombre que pisó nuestro satélite natural, Neil Armstrong, en una visita que, naturalmente, recordaremos con ese hobby tan isleño de conmemorar a los huéspedes célebres.

En la atmósfera diáfana del santuario de los ojos telescópicos que miran a Dios, el escritor sintió que respiraba el aire puro de Arequipa tan lejos, sin embargo, de su tierra natal, y en ese estado de arrobo se dejó tentar por las preguntas más trascendentales, como el infinito o la eternidad, a trece mil millones de años de distancia del origen del universo, plantado sobre la cima de una isla volcánica como el principito galáctico de Saint-Exupéry, el cuento maravilloso publicado hace ahora 75 años. “¿Han llegado los astrónomos a encontrar vida, o síntomas de vida, en algún otro astro del universo?”, preguntó. “No, en ninguno”, fue la respuesta de Rafael Rebolo, pero quedó en el aire, también nítida, la sospecha de que tales parientes “venusinos” pueden aparecer en cualquier momento del futuro. En el inmenso silencio del lugar, le asaltó la pregunta más escalofriante: “¿Qué posibilidades hay de que el pequeño planeta Tierra desaparezca por el impacto de un aerolito más grande que el que cayó en Siberia?”. Muchas y pocas, pues nunca antes ocurrió una hecatombe total de esa naturaleza.

¿Fue fruto del azar todo esto o es obra de un ser superior dotado de infinita sabiduría? La experiencia de Vargas Llosa en el Observatorio de La Palma -donde tomó conciencia de tener encima de su cabeza el orbe colosal de todo lo existente- le hizo escribir en su inventario del viaje, en El País: “Creo que en los dos días apenas que pasé allí he aprendido más cosas que en todos los otros viajes que he hecho en mi vida” (Sin duda, una hermosa manera de devolver el regalo de la visita). La conclusión a la que llegó -el mayor uso creativo de la inteligencia consiste en aprender, destacaba esta semana en TEA el filósofo José Antonio Marina- es que la astronomía y la literatura están hermanadas por la imaginación.

Estos espacios imaginarios que llamamos islas en su condición legendaria y poética disfrutan en la realidad de cierta licencia para reinventarse. Por eso decimos que César Manrique inventó Lanzarote, aun cuando existía antes de que él la habitara o que Saramago se dejara hipnotizar por el encanto de los volcanes. Cada isla de las nuestras tiene su misterio y su mito. La Gomera, ¿por qué Colón? Tenerife es la de Humboldt… y así todas. Pero, sin duda, La Palma es la isla de los escritores y los astrónomos, la isla de la imaginación. Hasta allí fueron Günter Grass, Hawking y Vargas Llosa, e, indirectamente, esa misma afinidad le lleva hasta la hipótesis de tener hijos adoptivos de la talla de Truman Capote.

Incomprensiblemente, el minucioso Julio Verne se olvidó de ella -de La Palma-, en su ya centenaria novela Agencia Thompson y Cia, en buena parte localizada en Canarias. Las cavilaciones sobre esa cavidad que nos quita el sueño -los 12 niños futbolistas atrapados con su entrenador en la cueva tailandesa de Tham Luang- me llevaron, y no sin venir a cuento, hasta las páginas contrariadas de Verne sobre un supuesto archipiélago hostil de nuestro mismo nombre que desprende del suelo fumarolas de azufre y gas carbónico, como restos de la destruida Atlántida, y cuyos moradores viven en cuevas dando idea de su estado salvaje. El incomparable Verne -o el demenciado hijo que retocó tras su muerte algunos de sus manuscritos dejó muestras de una sembrada imaginación en todas las direcciones. Quizá por ello, para el propósito de estas líneas, salté de su misión a la Luna a aquel otro Viaje al centro de la Tierra, con los niños de Tham Luang reeditándonos la zozobra con que vivimos el rescate de aquellos 33 mineros chilenos de Acatama sepultados en 2010, uno a uno, dentro de una cápsula. Uno de ellos ha dado ánimos a los pequeños héroes de este Mundial sin proezas. El físico Elon Musk , fundador de Tesla, ha puesto a sus ingenieros a diseñar contra reloj métodos de escape, entre ellos un tubo de nailon que, una vez inflado con aire, actuaría como un castillo hinchable.

Dios quiera que la imaginación los salve.