Hay un punto en Argentina, junto a las cataratas de Iguazú, en el que coinciden tres fronteras: las de Argentina, Brasil y Paraguay. Yo era entonces un joven osado cuando, con una amiga, y de madrugada, me atreví a pasar desde Argentina a Paraguay, a través del llamado Puente Internacional de la Amistad; más que puente, que lo es, ruta de contrabandistas, asesinos, narcotraficantes y putas que se intercambian de país, practicando la diversidad. Aquello estaba muy poco iluminado y en la caseta de entrada a Paraguay había un rótulo en el suelo que decía: “Pare”. Yo detuve el coche y esperé, pero como no aparecía nadie, hice sonar la pita. De la garita asomaba un pie descalzo y la punta de un fusil. El pie se movía en dirección a Paraguay, así que interpreté, no sin pensármelo mucho, que el tipo me estaba dando paso. Le dije a mi amiga, que era hija de diplomático destinado en Buenos Aires: “Agáchate, porque este nos dedica una ráfaga de su fusil automático cuando arranquemos”. Pero no, obedecimos al pie sucio del guardia y alcanzamos Paraguay, a través de una ciudad que entonces se llamaba Puerto Stroessner y que hoy me parece que se conoce como Ciudad del Este. Muerto el perro se acabó la rabia. Esta ciudad, según expresión de un amigo villero, tenía -y debe tener aún- “una degeneración cojonuda”. Corrían los dólares como agua por el río Paraná y para detenerte a tomar un café uno de los dos tenía que vigilar el coche, que habíamos alquilado en la zona argentina de aquel triángulo animado. No encontramos hotel de fiar sino muchos kilómetros más adelante, con dirección a Asunción. Me prometí volver a cruzar la frontera de día y así lo hice, pero me dio tiempo de comprar una docena de relojes falsos al regreso.
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