Era jueves; ayer, por ejemplo. A media mañana; serían las once, o puede que ya las doce, tanto da. Caminas a paso ligero con mil cosas en la cabeza, y otras quinientas por hacer; es uno de esos días en los que si una reunión se retrasa llegas tarde a las cuatro siguientes. Sin alcanzar la categoría de día jodido, sí difícil, o exigente, de los que te llevan de un lado a otro como un autómata. Suena el móvil. Distraído, te llevas el estuche de las gafas a la oreja, pero reaccionas una milésima de segundo antes de hablarle al estuche. Corriges. Miras la pantalla. Es una amiga, de las del chat de los que coincidimos en el instituto. Respondes. No tienes el minuto, pero respondes. Saludas. Saluda. Pregunta. Oye, una cosa, ¿en la cena de navidad comerás carne o pescado? Te quedas mudo, bloqueado, intentas decir algo, y no, nada. Un coche te toca la pita, ya no respetan ni los pasos de peatones, miras al conductor, caes en que no ibas por el paso de peatones. Vuelves a la conversación. Sabes lo que te ha preguntado, y sobre todo sabes que estamos en septiembre, que apenas ha dado tiempo a que las cholas se sequen, hace un calor bíblico y quedan millones de años luz para las navidades. Sabes cuál fue la pregunta, pero incrédulo le pides que repita. Es que estoy reservando ya la cena de navidad, y corriendo porque los viernes están ya todos cogidos, estoy a ver si pillamos mesa un sábado. Pero, a lo que iba, que qué vas a comer, carne o pescado. Miras el reloj, llegas tarde. Cada vez más tarde. Intentas ser amable al teléfono, pero te dices que objetivamente estás cargado de razones para ponerte un punto impertinente, desagradable puede que no, pero impertinente sí. Tardas en responder. Ella pide que te decidas. Continúas sin responder, y en lo que das una respuesta dices en voz baja, con el móvil un poco apartado de la boca, y yo qué coño sé qué va a apetecerme cenar dentro de ocho semanas. Tú, ni idea, yo qué sé. Ella, decídete que tengo al del restaurante metiéndome prisa. Tú, le dijo la sartén a la olla. Ella, ¿has dicho algo? Tú, no, nada, que tú misma, me da igual. Ella, Jaime, dime algo, cómo no vas a saber si carne o pescado. Te muerdes la lengua. Respiras. Das el paso. Revuelto de setas, dentro de ocho semanas, cuando se haga de noche, voy a tener antojo de revuelto de setas. Cuelgas. Ella es buena gente, la quieres un montón. Ahora ella a ti bastante menos.
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