por qué no me callo

El Atentado que cambió la Historia

En 17 años han cambiado las cerraduras del mundo. Los ciudadanos que asisten estupefactos al cambio sideral de las tecnologías tienen razones para creer que siempre fue así. Pero el 11-S de 2001 éramos felices e indocumentados, como decía el autor de Cien años de soledad. Cuando las Torres Gemelas cedieron al ataque de los ...read more →

En 17 años han cambiado las cerraduras del mundo. Los ciudadanos que asisten estupefactos al cambio sideral de las tecnologías tienen razones para creer que siempre fue así. Pero el 11-S de 2001 éramos felices e indocumentados, como decía el autor de Cien años de soledad. Cuando las Torres Gemelas cedieron al ataque de los aviones de Bin Laden no éramos testigos directos por televisión de un atentado más. Era el Atentado que cambió la Historia. En las montañas de Afganistán, el hijo de Alia Ghanem (la madre que ayer contábamos en este periódico cómo se siente tras la barbarie concebida por su hijo hace 17 años) engendró un monstruo que no ha parado de matar. Y los episodios sórdidos de atropellos y apuñalamientos salvajes en las calles de las principales capitales de Europa (el desgarro de las Ramblas y Cambrils) ahora pertenecen a un obituario corriente en los nuevos mecanismos convencionales del terror. Se fundaron hábitos execrables hace 17 años en el derribo de las columnas de Hércules de Nueva York; no éramos conscientes del ocaso que representaba aquel día para la historia de la humanidad. Vimos aviones con pasajeros a bordo que atravesaban los edificios como rayos de fuego y asistimos sin aliento a la exageración de las consecuencias: los miles de muertos, los testimonios inauditos de los supervivientes de una guerra instantánea en el corazón de la capital del mundo y el eco que nunca nos iba a abandonar de aquellas imágenes dantescas.

O sea que hay ya una generación que ha nacido después del 11-S. Esa huella quedó atrás, pero no en la zona cero del siniestro. Hemos tratado de olvidar las escenas que vimos, pero la tragedia que sucedió a tales acontecimientos fundacionales del Nuevo Odio ha terminado por convencernos de que somos, quizá para siempre, víctimas -todos- del 11-S. Y que quienes vinieran después ya no llegarían al mismo mundo que nosotros. Esta es la era que nació aquel día. En mitad de todos los horrores no es posible que surjan buenas noticias. Estados Unidos no se ha repuesto todavía, sus gobernantes han incurrido en el pánico y la desolación y hoy presenciamos la caricatura del amo del mundo, qué aspecto es capaz de tener diecisiete año después de perder la noción de sí mismo.