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La apuesta socialista

España y los españoles hemos tenido mala suerte con el PSOE, porque cada vez que ha llegado al poder en los últimos tiempos ha estado liderado por un radical de puño en alto y canto de La Internacional

España y los españoles hemos tenido mala suerte con el PSOE, porque cada vez que ha llegado al poder en los últimos tiempos ha estado liderado por un radical de puño en alto y canto de La Internacional. En contra de lo que algunos ingenuos despistados afirman, el socialista no es un partido socialdemócrata, aunque hay socialdemócratas en su seno. Por el contrario, abundan en él los que no han asimilado el abandono del marxismo que los socialdemócratas alemanes le impusieron a Felipe González al inicio de la Transición, como condición para financiarlo generosamente. El partido se escindió entonces entre históricos y renovados, y los primeros se extinguieron en las urnas, aunque persistieron en los numerosos criptomarxistas que inundan la actual organización socialista.

La historia reciente de este país hubiera sido muy diferente si en lugar de un fanático irresponsable como Rodríguez Zapatero hubiese alcanzado el poder un socialcristiano como José Bono; y si en lugar de un demagogo sin escrúpulos, dispuesto a defender una cosa y su contraria con tal de alcanzar y conservar el poder, estuviéramos gobernados por Susana Díaz. Pero las cosas son como han sido, y también la historia hubiese sido muy diferente si, en lugar de un pusilánime cansino e irresoluto sin capacidad de liderazgo como Rajoy, los populares hubieran tenido un líder con la imagen, la energía y el poder de convocatoria y comunicación de Pablo Casado. Si un Gobierno del Partido Popular hubiese empezado a gobernar a golpe de Decreto-Ley entre continuos bandazos, rectificaciones y cambios de posición respecto a la defensa del juez Llarena, respecto al futuro del Valle de los Caídos y muchos otros asuntos, como la subida de impuestos. Si hubiera intentado modificar por Decreto-Ley una Ley Orgánica como la de Estabilidad Presupuestaria, para quitarle competencias al Senado en el procedimiento legislativo, al estilo bolivariano, y hubiese rectificado luego ante la evidencia del disparate y la reiterada jurisprudencia constitucional, a los medios sectarios de la izquierda, que ahora miran para otro lado, les hubiera faltado tiempo para crucificarlo. Por cierto, que RTVE se ha unido al club de La Sexta tras la intensa purga ideológica que está sufriendo. Porque, desde Felipe González, alcanzar el Gobierno ha significado apoderarse del Estado, y Pedro Sánchez no ha tardado en desembarcar en todas las instituciones y medios públicos.

Su insistencia obsesiva -y excluyente- en la exhumación de los restos de Franco pretende ocultar que de su inmensa minoría parlamentaria deriva su impotencia política y su incapacidad para gobernar y gestionar los asuntos cruciales de este país. La exhumación es un asunto fácil de defender, incómodo para una oposición que no puede oponerse sin correr el riesgo de ser calificada de franquista, y que permite a los socialistas recuperar la iniciativa y el liderazgo de la izquierda, a la que une con ese objetivo común. Lo que significa que coloca a Podemos en una posición subordinada, a pesar de las aspiraciones de cogobierno de Pablo Iglesias. Es decir, una apuesta ganadora en todos los frentes socialistas.

El problema es que es una apuesta perdedora para los fundamentos de la Transición, una apuesta por su voladura.

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