Cartas desde Londres

Un mercado inglés

He estado en una larga mudanza. De París a Londres hay mucha bruma que cortar. Cuando le dije a Carmelo que me iba a la capital del brexit me bromeó: -Es lo que tienes que hacer, buscar una nueva frontera. Ya te fuiste de Tenerife, lo lógico es que te vayas a Londres, como los ...read more →

He estado en una larga mudanza. De París a Londres hay mucha bruma que cortar. Cuando le dije a Carmelo que me iba a la capital del brexit me bromeó:

-Es lo que tienes que hacer, buscar una nueva frontera. Ya te fuiste de Tenerife, lo lógico es que te vayas a Londres, como los tomates.

Ay, los tomates. Carmelo sabe mucho de esto. Mi familia, toda mi familia, procede del sur de la Isla, cultivaba tomates en medio de un secarral del que destacaba un chamizo en el que mi padre guardaba un camastro sobre el que se acostaba al atardecer, guardado por lagartos inmensos.

A veces los lagartos se subían a las tomateras y hacían destrozos que dejaban inservibles los hermosos frutos. Pero todo estaba previsto: ya se sabía que había un porcentaje de la cosecha que quedaría para los restos. El resto se empaquetaba y se enviaba, en efecto, a Londres, y se vendía, entre otros sitios, en este mercado de Holborn al que, por esas casualidades de los alquileres, me he venido a vivir ahora.

En aquel entonces, cuando mi padre aún se dedicaba a la agricultura, Carmelo se quiso hacer periodista, y con el hermano me trajeron un día, en guagua, hasta aquellos andurriales. Querían saber cómo se había hecho mi padre para llevar a Londres aquellos tomates, que eran grandes y encarnaditos como los corazones de los ángeles.

Carmelo hizo el reportaje, Martín creo que hizo las fotografías y publicaron todo ello en una revista que se hacía en Las Palmas, Sansofé. Luego le mandaron a mi padre algunos ejemplares. Él los guardó en el chamizo y, como tantas cosas de la vida, se los comieron los lagartos.

Ahora, cuando le he dicho a Carmelo que me venía a Londres, le removí esos recuerdos. Pero como él no puede endulzar sino con pimienta mi hizo esa broma de los tomates y las fronteras. Aquí me apresto, por su indicación, a escribir cartas de la Inglaterra que se va (o quizá no se va) de Europa, en un tiempo en que este país vive entre la melancolía de haber sido y la posibilidad de no ser.

Mientras tanto ya he ido al mercado y he comprado tomates, que quizá, quién sabe, vienen de las tierras polvorientas en las que mi padre dormía cuidado por los lagartos.