desde la tronera: cultura popular

Reverendo padre José de Arce y Rojas. Un olvidado mártir palmero (y IV)

Destinado por el Rey don Carlos II para entrar en tierra de “patagones”, se le cambió la orden para que reconociera a los “chiriguanás
Reverendo padre José de Arce y Rojas
Reverendo padre José de Arce y Rojas
El 8 de noviembre de 2005 se inauguró una escultura del padre reverendo José de Arce y Rojas, obra del escultor Antonio López Pérez, frente a la casa que lo vio nacer. Archivo: J.R.E.

JOSÉ G. RODRÍGUEZ ESCUDERO*

Destinado por el Rey don Carlos II para entrar en tierra de “patagones”, se le cambió la orden para que reconociera a los “chiriguanás”.

A lo largo de treinta y nueve años, llevó a cabo un meritorio y difícil trabajo en las misiones, no exento de peligros y riesgos. Su férrea voluntad y su fuerte vocación evangelizadora pudieron con todos los graves obstáculos que iba encontrando día a día.

Numerosas tribus de aquella gran zona del Paraguay se beneficiaron de sus fundaciones: los chiquitos, borós, tabicás, piñocas, guaraníes, taucas y perroquis. Llegó a dominar las lenguas guaraní, chiquito, quichuo, chiriguaná y payaguá, tan necesarias para las conversiones que realizaba en todas las iglesias de su fundación. Le siguieron las misiones de San Rafael y San José de Chiquitos.

De las veintinueve reducciones que fueron fundadas por los misioneros jesuitas en la actual Bolivia, se conservan siete de sus iglesias, que hoy pertenecen al Patrimonio de la Humanidad; junto a ellas, constituyen su gran tesoro cultural millares de páginas de música barroca, algunas, como nos dice Vara y García, “partituras originales de notables músicos de la época y otras, de una especial simbiosis e aquel momento musical mezclado con elementos indígenas”.

Circunscribiéndose a su actuación en la actual Bolivia, la colonización de los jesuitas comenzó en 1572 en la Audiencia de Charcas y, seis años después en Santa Cruz de la Sierra, desde donde se extendieron hacia Moxos (en el actual departamento boliviano del Benil) y a la Chiquitanía. Esta región actualmente suscita mucha atención, no sólo por su interés antropológico o cultural sino porque constituye una parte importante del departamento de Santa Cruz de la Sierra, el más desarrollado del país. Estamos hablando de una inmensa zona: una superficie superior a la Península Ibérica en la que los jesuitas ejercieron su acción misional.

Lorenzo Rodríguez, vagamente y con inexactitud geográfica, narra así la noticia de la muerte del mártir palmero: “Se ignora el lugar y la fecha en que falleció el Reverendo Padre don José de Arce y Rojas, ornamento de la Compañía de Jesús por sus virtudes y ciencia. Ha llegado a nosotros la noticia que murió mártir en Japón en olor de Santidad”.

También el historiador palmero Fernández García, en su reportaje editado en la prensa local, decía: “El Padre de Arce y Rojas, después de terminar la evangelización, marcha al Extremo Oriente, más concretamente al Japón, donde muere martirizado por aquellos infieles”. Es probable que ambos estudiosos se hayan referido a un sobrino de José de Arce, el también jesuita Francisco Javier de Arce y Montañez del que se cuenta que murió mártir en Manila, no en Japón.

Realmente fue el 15 de diciembre de 1715 cuando fue asesinado salvajemente, junto con el padre Bartolomé Blende, por los indios de Matto Grosso meridional (Brasil), los “payaguás” mientras exploraban los posibles caminos de Chiquitos a Paraguay. En otro estudio sobre el mártir palmero, Carlos Vara y Luisa García nos dicen que “José Arce, fundador de San Javier, primera reducción de Chiquitos, también murió a manos de los indios payahuas, en 1718” (véase la inexactitud cronológica).

Estos rebeldes a la catequización, tras martirizarlo, entregaron su cadáver a los “guaycurús”, quienes vejaron su cuerpo. Luego lo ataron a una cruz de madera y lo lanzaron río abajo hacia las cataratas, instante que ha quedado perpetuado en las primeras imágenes de la película La Misión (1986).

Terminando con las palabras del ilustre maestro de investigadores y cronista oficial de esta ciudad, don Jaime Pérez García: “Lo mundano de su existencia se caracterizó por lo frugal de su comida y lo humilde de su vestimenta, en contrapartida a lo glorioso de su memoria. Se le recuerda como Apóstol del Paraguay.

El 8 de noviembre de 2005 se inaugura una escultura, obra del escultor Antonio López Pérez, frente a la casa que lo vio nacer. La altura de la escultura es de 1,42 centímetros de base a coronilla y fue fundida en Las Palmas por Antonio Higinio Rodríguez Sosa. Ha sido elaborada en la técnica de la “cera perdida” y representa al estilizado jesuita, en postura hierática, dando espaldas a su casa, y mirando hacia el mar. Aquí se representa su cuna noble, la movilidad, su fortaleza, su bondad, su dinamismo, su carácter sólido, su amor… La fragilidad del mundo indígena es representada por un niño que surge delante del misionero. Éste posa sus grandes manos sobre los delicados hombros del pequeño. Arce lleva un Evangelio en su derecha con la que también arropa al muchacho. El amor y su obsesión por extender la palabra de Dios también son representados.

* Investigador

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