despuÉs del paréntesis

Sangre

Uno de los momentos más sublimes de la historia del cine lo propuso Francis Ford Coppola con su versión sobre el divino inmortal. Aparte de la excepcional interpretación de Gary Oldman, la película buscaba reflejar algunas de las situaciones que nos perturban. Desde la capacidad que tenemos para suspender el tiempo a la ineficacia con que nos enfrentamos a las aberraciones reales, como la plaga maligna, el sida de entonces, que mató a personas a causa del placer. Coppola quiso rescatar un proyecto del genial Orson Welles y se recreó en el signo apabullante de esa materia: la sangre. Lo que propone el arte (literatura, cine, teatro…) se asienta en el real. Así somos y nos manifestamos los vivientes, entidades consagradas a la violencia y la destrucción: Vlad Tepes Draculea. Fue el patriota de Valaquia (hoy Rumanía), un guerrero brutal, un rey ardiente, un hombre cuya prestancia física (fría y enigmática) producía espanto. Y fue reconocido por una de sus más repetidas ferocidades: mostrar el campo lleno de enemigos ensartados en palos. Lo que lo hizo así de cruel fue la vida que vivió: a los 14 años su padre lo entregó como rehén a los turcos; cuando regresó (1447) supo que su progenitor había muerto apaleado; a su hermano mayor le quemaron los ojos y lo enterraron vivo. Ello dispone su acción: Dracul, que originariamente significó dragón y que en el rumano actual se traduce por demonio. Pero lo que dignifica su nombre es que, cuando se buscó en el siglo XIX su cuerpo donde fue enterrado, en el monasterio de Snagov, ese que fundó su abuelo, nada se encontró de él ahí. Dracul vive. ¿Cómo vive, por qué vive? La leyenda popular lo encarnó y el novelista irlandés Bram Stoker le dio vida definitiva. La astucia es su regocijo, su implacable modo de proceder. ¿Si fuera cierto que aún corre Vlad Tepes por este planeta de qué nos protegeríamos? El mundo confirma lo que es y lo que imagina ser. Drácula es inmortal, se dijo. Para ser tal se alimenta de sangre (como el dios azteca de la guerra Huitzilopochtli). La cuestión a responder es la pregunta del vampiro: ¿qué regla seguir? Todos los seres de este mundo matan para perdurar, de los leones a las bacterias, el más grande se come al más chico. Lo que confirma al que llamamos monstruo es que para afianzarse en sí ha de operar del modo en que opera. Cuestión de supervivencia, nos sopla a los oídos. ¿Quién lo impide? Eso es lo que encierra la marca del terror más pavoroso. Por eso lo repetimos.

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