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Qué barato es soñar

Estaban desmantelando la oficina de Iberia en Madrid, porque iba a llegar el fin del mundo, y yo dejé allí mi equipaje para tomarme un café con algunos compañeros. Las calles se habían convertido en un desierto, pero de pronto las vías principales de Madrid eran las de Santa Cruz, también sin gente. Estaba todo desmantelado y el control aéreo se lo habían dado a unos chiquilicuatres, sin preparación alguna. Era como un reflejo del país, completamente roto. Había sensación de incertidumbre, pero los cafés funcionaban, aunque con poquísima gente. No se veían taxis por las calles y apenas transitaban coches. Sin embargo, se respiraba paz. Yo lo que quería era regresar a mi casa. Recuerdo que robé, entre las cosas que habían recogido en la oficina de la compañía aérea, una libreta negra, muy bonita, que no me cabía en la maleta. Transitaba más tarde entre los aviones aparcados en Barajas, buscando el mío y al final lo encontré, me subí en él y era una especie de carguero, pero con asientos. No recuerdo del sueño si llegué a Tenerife o me quedé en medio del mar, aunque flotando en el aire, sin aterrizar. Desperté antes de llegar a casa, pero lo más curioso fue aquella sensación de paz, que contrasta con la violencia de las tertulias y las conversaciones de los bares. Había una chica, vestida de azafata, pero no soy capaz de centrar su papel en la trama de aquel sueño tan extraño. Me desperté sin saben si eran las diez y media de la mañana o de la noche. La claridad entraba por la ventana, luego deduje que me estaba acercando al mediodía. Corrí al ordenador para atrapar un sueño que no me conduce a nada, ni puedo sacar conclusión alguna de él. Lo siento. Qué barato y qué bueno es soñar, no sólo por los traslados sino por lo absurdo. Al final me sentí agotado.

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