Cuando se habla de la Conquista de Canarias (1402-1496), la imagen más difundida es la de violentos enfrentamientos entre los aborígenes y los ejércitos castellanos. Y aunque esto fue cierto en islas como Gran Canaria, La Palma o Tenerife -en orden de conquista-, lo cierto es que no todas las islas fueron conquistadas solo por la espada. Algunas se integraron en la órbita castellana por vías más complejas y, en apariencia, menos sangrientas, a través de pactos y acuerdos. Lanzarote y Fuerteventura fueron las primeras islas en ser colonizadas por europeos. Ya desde el siglo XIV, comerciantes mallorquines y normandos habían establecido contactos con las islas, motivados por el interés en productos como la orchilla o los esclavos. En 1402, el normando Jean de Bethencourt, al servicio de la Corona de Castilla, desembarcó en Lanzarote y logró su control prácticamente sin resistencia armada. Se llegó a pactos con los líderes aborígenes, quienes aceptaron someterse a la autoridad cristiana a cambio de ciertas garantías. Este modelo se replicó en Fuerteventura, donde los enfrentamientos fueron limitados y, al igual que en Lanzarote, el dominio se consolidó mediante la instalación de colonos europeos y el reparto señorial de tierras. Estas islas carecían de una organización militar tan compleja como la de las islas occidentales, lo que facilitó una colonización más rápida y menos violenta. El Hierro ofrece un caso todavía más singular. En 1405 Jean de Béthencourt desembarcó en la isla sin encontrar una resistencia militar importante. Se valió como intermediario de Augerón, un bimbache previamente capturado y emparentado con el rey Armiche, para lograr que este y los suyos abandonaran sus refugios y aceptaran parlamentar. La ocupación se produjo sin una gran batalla, pero difícilmente puede calificarse de pacífica, pues Armiche y numerosos herreños fueron posteriormente apresados y esclavizados. La ausencia de guerra abierta no significaba necesariamente el respeto de los acuerdos alcanzados. La Gomera presenta un caso especial dentro de la historia de la incorporación de Canarias a la Corona. Aunque su primera relación con los europeos se dio también a través de los Bethencourt en el siglo XV, lo que destaca en esta isla es el recurso continuado a pactos con los “capitanes” o jefes tribales, que aceptaron la autoridad de los señores castellanos -primero los Peraza y, luego, los Herrera cuando ambos linajes emparentan-, sin que mediara una gran campaña militar. Este proceso fue largo y lleno de tensiones, pero la estrategia dominante fue el acuerdo. No obstante, esta pacificación no estuvo exenta de conflictos. Se produjeron levantamientos aborígenes, como el de La Rebelión de Los Gomeros (1488), reprimida con dureza. Aun así, La Gomera no vivió una conquista al estilo de las desarrolladas en las islas de realengo, y eso la convierte en la isla más representativa del modelo pactado de integración, aunque no libre de violencia puntual. En definitiva, estos casos invitan a matizar la visión simplista de una conquista homogénea. La anexión de Canarias fue un proceso diverso, que combinó la fuerza militar con la diplomacia, el mestizaje cultural con la imposición, y los acuerdos con la traición. Las islas sin conquista armada formal muestran que la expansión castellana también supo utilizar la negociación como herramienta de dominio, especialmente cuando se trataba de territorios periféricos, menos poblados o estratégicos.
