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¡Ave, César! El 24 de abril se cumplirá el centenario del nacimiento de Manrique, el artista total

El 24 de abril se cumplirá el centenario del nacimiento de Manrique, el artista total; DIARIO DE AVISOS inaugura una serie de reportajes dedicados a su vida, obra y mensaje
César Manrique murió a los 73 años de edad. DA
César Manrique

El próximo 24 de abril se cumplirán 100 años del nacimiento de uno de los grandes genios del arte contemporáneo nacidos en Canarias. La proyección internacional de su obra y su activismo en defensa del patrimonio natural de su tierra, cuando se gestaba el boom turístico de mediados de los años sesenta, convirtieron a César Manrique en uno de los grandes faros artísticos y sociales del Archipiélago. Con motivo del centenario de su nacimiento DIARIO DE AVISOS comienza hoy una serie de publicaciones sobre su vida, el significado de sus creaciones y el valor de su legado, tanto material como inmaterial.

“El influjo de esta tierra es muy fuerte. La singularidad natural, física y cultural de Canarias ha influido poderosamente en mi personalidad y en mi arte”, confesó César Manrique en una entrevista que publicó El País en septiembre de 1992, justo un año antes de su muerte. En ella, el genio lanzaroteño sostenía que estas islas “son más irreales que el continente” y que “quienes vivimos aquí somos fruto de una experiencia vital limitada por el mar, que nos lleva a mirarnos hacia adentro”.

27 años antes César había descubierto que estaba loco por su tierra, un sentimiento que atravesó su corazón a más de 5.000 kilómetros de distancia, al otro lado del océano y en las antípodas del paisaje lávico dibujado a lo largo de la historia por el fuego de los volcanes entre los que creció. Desde Nueva York, donde conoció durante el expresionismo abstracto americano y llegó a exponer hasta en tres ocasiones en la galería Catherine Viviano, le anunciaría en una carta a su amigo Pepe Dámaso, en verano de 1966, su decisión de dejar atrás la ciudad de los rascacielos y volver a casa para construir el paraíso que tenía en su cabeza. “El hombre no fue creado para esta artificialidad. Hay una imperiosa necesidad de volver a la tierra. Palparla, olerla. Esto es lo que siento”, escribió. Nada más pisar Lanzarote confesó que venía para convertir su isla natal en uno de los lugares más hermosos del planeta.

Regreso a Lanzarote

Manrique se comprometía para el resto de su vida con la tierra que le vio nacer, a la que declaraba su amor eterno. En su maleta de vuelta no cabían sus ideas y en su mente se agolpaban los recuerdos de aquellos veranos en Caleta de Famara, donde con 14 años cambiaba dibujos por almendras y pasaba tardes enteras en la playa moldeando espectaculares esculturas de mujeres desnudas construidas con arena. La decisión de su padre, en 1934, de comprar un solar para edificar una casa en aquel singular paraje, junto a los acantilados y frente a La Graciosa, terminaría por marcar la vida del artista. Allí sacaría a relucir un sorprendente y precoz talento. “La alegría más grande que tengo es la de recordar una infancia feliz, con aquellos veranos de cinco meses en La Caleta y en la playa de Famara”, rememoraba en su vuelta a Lanzarote.
Hasta su retorno en 1966, Manrique había despuntado como el artista que se atrevió a situar la materia en el centro de su obra hasta convertirla en la protagonista esencial de sus composiciones, influenciado por la corriente de principios de los años cincuenta del movimiento informal que se abría paso en España y que vivió durante su estancia en Madrid. Allí llegaría en 1945 para estudiar Bellas Artes en la Academia de San Fernando y residiría hasta que decidió dar el salto a Nueva York en 1964. Durante su etapa en la capital de España plasmaba en sus cuadros paisajes volcánicos con un peculiar estilo, una especie de naturalismo no realista, que se convirtió en el sello característico de sus creaciones y el que marcaba las diferencias respecto a otras manifestaciones artísticas del momento. “Yo trato de ser la mano libre que forma la geología”, llegó a escribir para definir su imaginario plástico.

Guiado por su instinto -“el argumento principal de mi vida”, según precisó- el niño que tres decenios atrás levantaba esculturas femeninas con la arena de la playa de Famara se puso manos a la obra y llevó a la práctica su mirada tridimensional sobre el arte, la naturaleza y el territorio a partir de un revolucionario proyecto que el escritor Alberto Vázquez Figueroa, conejero como él y también con una prodigiosa imaginación, no se pudo creer hasta que sus ojos contemplaron la obra terminada.

“El día que conocí a César me condujo hasta una especie de lejano vertedero, en el que me aseguró que pensaba construir un auditórium, una piscina, preciosos jardines, una discoteca y un restaurante. Admito que pensé para mis adentros: este tipo está loco. Ahora, cada vez que visito Los Jameos del Agua y compruebo lo que su inmenso talento supo hacer con aquel sucio vertedero, me reafirmo en la idea de que los simples seres humanos jamás sabremos distinguir por dónde cruza esa delgada línea que separa la genialidad de la locura”.
Ese era César, el artista que veía un oasis en un basurero. El genio que un día dio vida a unos árboles tirados en una cuneta plantándolos al revés para crear su escultura Raíces en el cielo en el Lago Martiánez, una imagen que llegó a ser portada de una prestigiosa revista internacional. O el que una vez cogió un pedrusco en una playa ante su equipo de colaboradores  y comenzó a elogiar su textura, su forma y su suavidad mientras explicaba que el mar había tardado miles de años en darle forma a aquella piedra en la que nadie se había fijado. “Tóquenla, esta es una obra de arte del carajo”.

“Él me educó la mirada y me cambió la forma de valorar muchas cosas que nos rodean y a las que no les solemos prestar demasiada atención. Es como si me hubiera activado una facultad para descubrir la belleza en paisajes cotidianos”, reconoce Juan Alfredo Amigó, ingeniero de caminos, amigo y artífice de la ejecución, junto a José Luis Olcina, de la mayoría de proyectos de Manrique y una de las personas que mejor conoció en la distancia corta al artista, con el que trabajó los últimos 25 años de su vida. Pintor, escultor, paisajista, urbanista, medioambientalista… Manrique era un todocampista con libertad de movimientos. Reducir su aportación a alguna de estas disciplinas sería empequeñecer su descomunal talento que afloraba de múltiples maneras, ya podía ser con un pincel en la mano, con un lápiz sobre una servilleta de papel o simplemente contemplando un paisaje. Él solía zanjar el debate definiéndose como un artista que se expresaba con los medios que cada momento creía oportunos.

Un líder social

Pero su carisma arrollador le llevó a ser también un líder social al que todos respetaban y hasta temían, como era el caso de algunos políticos y constructores. Para él la estética no era más que la ética con prefijo y lo defendía con vehemencia hasta sus últimas consecuencias fuera quien fuera el cargo público al que se tenía que enfrentar. Como le ocurrió, durante una visita a las obras del Lago Martiánez, del ministro Alfredo Sánchez Bella, al que el artista le cantó las cuarenta por considerarlo responsable de permitir la edificación de una barrera de hoteles en primera línea de mar en el Puerto de la Cruz. El ministro –eran todavía tiempos de Franco- aguantó como pudo el chaparrón y casi no tuvo opción ni de rechistar ante semejante ciclón.

“Estoy en contra de los especuladores que solo piensan en forrarse llenando sus bolsillos. Creo en lo que siento y por eso digo las cosas que siento, y con Canarias se está cometiendo una tremenda injusticia (…) Me preocupa que la política termine siendo un campo reservado a personas dispuestas a enriquecerse; aun así, sigo creyendo en las personas honestas y dispuestas a trabajar con amor para los suyos”, confesó en una de sus últimas entrevistas.

“Era un artista comprometido con su tierra. Tenía una mirada intelectual universal, solía decir que se consideraba ciudadano del mundo, pero sin perder de vista sus Islas Canarias”, resume una de las personas que le conoció de cerca, José Juan Ramírez, presidente de la Fundación César Manrique, que no duda en asegurar que el tiempo, lamentablemente, ha dado la razón al visionario artista, “viendo el deterioro ambiental que sufre Canarias”. Su padre, Pepín Ramírez, que llegó a ser presidente del Cabildo, fue uno de los principales aliados manriquianos. Ambos compartieron complicidades y sueños de grandeza.

Una noche, por fuera de la fundación, inaugurada seis meses antes en Taro de Tahíche, y sentado sobre el capó de su coche, César le confesó a José Juan Ramírez que hacía tiempo que no tenía la tranquilidad de aquel momento. A sus 73 años estaba en uno de los mejores momentos creativos de su vida y disfrutaba de un estado de plenitud. Al día siguiente, el Jaguar testigo de la confesión se estrellaba contra un todoterreno a escasos metros de la fundación. Eran las 2 de la tarde del 25 de septiembre de 1992. En ese momento la tierra dejó de latir y un fulminante silencio se adueñó de la isla. La noche se acababa de desplomar sobre Lanzarote y apagaba los sueños de la utopía.

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